domingo, 25 de septiembre de 2016

SOBRE LA DIGNIDAD

SOBRE LA DIGNIDAD




 “… Y, con frecuencia, los amigos del señorito Iván requerían a Paco, el Bajo, para cobrar algún pájaro perdiz alicorto y, en tales casos, se desentendían de las tertulias posbatida y de las disputas con los secretarios vecinos, y se iban tras él, para verle desenvolverse, y, una vez que Paco se veía rodeado de la flor y nata de las escopetas, decía, ufanándose de su papel, ¿dónde pegó el pelotazo, vamos a ver?, y ellos, el Subsecretario, o el Embajador, o el Ministro, aquí tienes la plumas, Paco, y Paco, el Bajo, ¿qué dirección llevaba, vamos a ver?, y el que fuera, la del jaral, Paco, tal que así, sirgada contra el jaral, y Paco, ¿venía sola, apareada o en barra, vamos a ver?, y el que fuera, dos entraban, Paco, ahora que lo dices, la pareja, y el señorito Iván miraba a sus invitados con sorna y señalaba con la barbilla a Paco, el Bajo, como diciendo, ¿qué os decía yo?, y, acto seguido, Paco, el Bajo, se acuclillaba, olfateaba con insistencia el terreno, dos metros alrededor del pelotazo y murmuraba, por aquí se arrancó, y, seguía el rastro durante varios metros…”

Inolvidable texto de la novela “Los santos inocentes” de Miguel Delibes, e inolvidable e impactante escena la de la película homónima de Mario Camus, genialmente interpretada por Alfredo Landa, en el papel de Paco “el Bajo”, y Juan Diego, en el papel del “señorito Iván”, donde el tema de la dignidad de la persona queda planteado con especial crudeza. Delibes, y así lo refleja la película, contrapone de forma brutal, antitética y sin posible solución, dos mundos, el de los señoritos y el de los lacayos; importa poco la calidad moral intrínseca de las personas, éstas son consideradas y obtienen su cualificación por su pertenencia a uno u otro mundo, y esto en razón de su nacimiento. Paco, “el Bajo”, y los suyos descienden a una condición infrahumana, donde su ser de personas les va a ser negado de forma flagrante y ofensiva por el otro grupo, el del señorito Iván y sus afines… A Paco, Régula, su mujer, Nieves, “la niña chica”, Quince, Azarías —inmejorable la interpretación de Paco Rabal—, personaje que representa la inocencia pura, no se les reconoce la dignidad, no se les reconoce su ser como personas; se les infravalora por el contrario, y, en consecuencia, se les humilla. Y esto nos conduce a nuestro tema, ¿qué es la dignidad? O, si se quiere, podríamos proponer otra pregunta: una persona, por el mero hecho de serlo, ¿es digna?, ¿hasta qué punto la dignidad es un atributo esencial de la persona?
Si echamos mano de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, ya en su Preámbulo, el primer “Considerando” nos resulta revelador al establecer lo siguiente: “Considerando que la libertad, la justicia y la paz en el mundo tienen por base el reconocimiento de la dignidad intrínseca y de los derechos iguales e inalienables de todos los miembros de la familia humana…” Tal principio se reafirma de manera contundente en el Artículo 1, al expresar: “Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos y, dotados como están de razón y conciencia, deben comportarse fraternalmente los unos con los otros.” No está demás, dado los tiempos que corren, recordar este tipo de principios y proclamaciones, pues si en algo ha contribuido nuestra civilización occidental al desarrollo moral de la humanidad ha sido con la plasmación de la Carta Magna de los derechos humanos, que no es poco.

Comprobamos que la dignidad aparece en la Declaración como un atributo fundamental de la persona, a la que se le otorga igual status que a la racionalidad o posibilidad de consciencia (rasgos por antonomasia definitorios de lo humano), hasta el punto que no podríamos considerar a nadie persona sino fuera digna. La dignidad, por tanto, no es un adorno a modo de añadido, sino que está de tal forma enraizada en la persona que forma parte de su entramado estructural. Por eso, desde lo antropológico, se puede entender lo social. Así, la dignidad aparece, a su vez, como la posibilidad del ejercicio de la misma libertad, de la justicia y la paz. Y es como si estas tres posibilidades (libertad, justicia y paz) dejaran de dormir en el baúl de las ilusiones y pasaran a ser realidades efectivas en los intercambios de la convivencia, si previamente queda admitido que el ser humano es portador de una dignidad insoslayable; si así no ocurriera, sencillamente no sería posible la tríada enunciada, bien entendido que la libertad en ejercicio, la justicia “de facto” y la paz social se autoimplican mutuamente. Más aún, descansando en la dignidad (en principio, el valor “per se” y la capacidad de merecimiento del ser humano), se sostienen el resto de los derechos y valores de los que éste es portador. Podríamos decir que los hombres somos iguales en derechos porque somos igualmente dignos como personas, y, como somos dignos e iguales, debemos comportarnos como hermanos, de esta manera, bajo la enseña de la fraternidad, puede surgir la paz entre los pueblos. Pero no hay nada nuevo bajo el sol, al fin y al cabo —y sin entrar en otras profundidades— estas consideraciones nos recuerdan la triple divisa de los ilustrados, eje sobre el que gravita la organización de la sociedad civil de nuestro mundo occidental: la Libertad, la Igualdad y la Fraternidad.
Antes de seguir adelante, y puesto que hemos recabado la Declaración de los Derechos Humanos para apoyarnos en nuestra consideración sobre la dignidad humana, deberíamos aclarar las dos acepciones en que se toma ahí la palabra libertad y su consiguiente relación con la dignidad, en el Preámbulo y en el Artículo 1 citados más arriba. El primer “Considerando” toma la palabra libertad en el sentido de “libertad en la polis”, es decir, como la posibilidad de las “libertades externas”, sea en la realización de las elecciones tomadas, o en los ámbitos que, las fomenten o faciliten, se pueden llevar a cabo tales elecciones, las de libre asociación, libertad de prensa, libertad religiosa, libertad política, etc. Sin embargo, la palabra libertad en al Artículo 1 posee un sentido ontológico, alude a un carácter fundamental de la estructura del ser humano, y es entendida, de este modo, como libertad interior, intrínseca, psicológica, como algo íntimo y consustancial a su ser. En esta su segunda acepción la libertad se puede referir a la dignidad como principio de la misma: el hombre no podría ser digno (no podría merecer) si no fuera libre; por lo mismo, también puede ser indigno, si pervierte el uso de la libertad. Pero diciéndolo todo, y cerrando con ello un círculo, para que esta libertad sea efectiva, hay que ejercitarla, lo cual nos remite a su primera acepción. (En un futuro tengo la intención de abordar el tema de la libertad con más detenimiento.)
Habida cuenta de su importancia, volvemos, pues, a nuestra pregunta inicial: ¿qué es la dignidad?, ¿por qué tenemos en tan alta estima nuestra dignidad y estamos pronto a enfadarnos si se nos hiere en tal condición, pues es cierto que nadie quiere ser instrumentalizado en aras de los intereses de otro, ni humillado, ni rebajado, ni sometido a cualquier tipo de escarnio? Kant, en lo referente al tema que estamos tratando, definía al hombre como un “fin en sí mismo”, no como un medio. Pues, bien, en esto mismo consiste la dignidad del ser humano: en la valoración personal, íntima, de su propio ser, en la valoración que merece por el mero hecho de ser persona. El hombre, por su dignidad, posee un rango superior al resto de los seres del mundo, hasta el punto que no se le puede utilizar sin más; es merecedor de respeto, en definitiva, posee un valor.

¿Y qué es tener valor? Poder responder de la propia acción; poder responder de sí mismo. Quien es capaz de dar una respuesta de lo que hace, es libre, y, porque es libre, es responsable; pero cuando se responde de sí, se es digno, pues no responde por otro o desde otro, sino desde sí mismo. Esta reflexión nos lleva a precisar el hecho de que la dignidad no sólo implica la consideración que los otros deben a una persona, sino también la consideración que esa persona se debe a sí misma como fin, como acreedora de valor por el hecho de serlo. ¿En qué sentido? En el sentido que responde de sus actos y de sí mismo; no es otra cosa la responsabilidad. Y, una vez más, aparece la conexión de la dignidad con la libertad.
Sin embargo, al tratar este tema, hablamos también de otro concepto inextricablemente relacionado con el mismo: el de persona. Dignificar, en principio, consiste en tratar a alguien como persona. Ya sabemos que esto implica el respeto que los otros deben a libertad de alguien, y el respeto que cada cual se debe a sí mismo en cuanto ser libre, pero ¿qué es ser persona? Desde su sentido etimológico (“prosopon”, del griego, máscara, o “per-sonare”, del latín, lo que hace sonar), este concepto ha sufrido una serie de mutaciones; así desde una consideración externa, meramente social, se ha deslizado hacia un significado ontológico, fundamental; desde la imagen o rol, papel social que alguien desempeña y por el que se le considera en el teatro del mundo, hasta la designación de su esencia, ser en el que descansan las atribuciones de la racionalidad, la conciencia, la libertad, la dignidad, la identidad, la mismidad de su ser. De este modo, la persona, en la definición clásica de Boecio pasa a considerarse una sustancia individual de naturaleza racional (“naturae rationalis individua substantia”) Es una susbstancia individual, porque no susbsiste por otros, sino por sí misma, por lo que es independiente y autónoma: en ella descansa la posibilidad de la elección de su propia orientación en el mundo, su autorresponsabilidad. Posee, por lo mismo, un carácter de singularidad e irrepetibilidad, de intransferibilidad, como el del carnet de identidad. Y su naturaleza es racional, porque su atribución únicamente queda referida a los seres racionales. Lógicamente, la precisión y análisis de este concepto, nos llevaría a desarrollos más amplios, pero para lo que a nosotros importa basta con lo dicho, pues nos permite entender por qué la dignidad es un atributo esencial de la persona. Y, por lo expuesto, hay un paso a pensar que digno es quien merece ser exaltado, quien tiene un carácter de excelencia, de realce; quien posee decoro, gravedad en su comportamiento, quien ostenta un cargo de especial relevancia.

Que la dignidad personal es el soporte de la ética aparece como indudable si afinamos un poco más nuestro análisis. Si rescatamos los caracteres de libertad y racionalidad de la persona y los relacionamos con la dignidad, vemos que éstos se hacen efectivos cuando la persona pasa a ser dueña de su actuación y orienta su vida en orden a los valores que ha elegido. Por esto mismo los derechos humanos son la explicitación o concreción de la dignidad, hasta el punto que han de constituir los motivos a la vez que finalidades de toda actuación. Dicho claramente: porque es digno, el hombre es acreedor de derechos. Por otra parte, si el ser humano queda constituido por una integración de niveles (físico, psíquico y espiritual), sus derechos deben hacer alusión a estos mismos niveles, en los que se enraízan y fundamentan, y a los que explicitan y permiten su expansión, desenvolvimiento y realización. Como ser vivo, el hombre tiene derecho a la vida, a su integridad física, a disponer de los bienes necesarios para llevar a cabo su existencia. Pero podemos ir ascendiendo en la escala de sus derechos y precisar que también tiene derecho a su seguridad personal, a la inviolabilidad de su intimidad, a un trato respetuoso e igualitario con sus semejantes, al derecho a asociarse, al de recibir educación, al de participación en la vida cultural y cívica. Y también, subiendo otro nivel, el hombre tiene derecho a buscar la verdad, el bien y la belleza; tiene derecho a desarrollar su dimensión espiritual y religiosa. Derechos que así deben, o deberían, recoger las Constituciones de los diversos Estados.
¿Por qué se es digno? ¿En qué se puede fundamentar nuestra dignidad, en qué descansa? ¿De dónde nos viene este carácter, este don? La dignidad se presenta como un hecho, como algo constitutivo de la persona, pero, reitero la pregunta: ¿por qué somos personas?, y, más concretamente, ¿por qué razón somos dignos? Llegamos así a nuestra última reflexión sobre este tema. Considerado el hombre en la soledad de su finitud, resulta un ser patético y sobrecogedor, algo así como el acorde de un violín tristísimo que parte el aire quieto de la noche. Fundamentar en el propio hombre los valores que porta sería enclaustrarlos en la finitud, y, en consecuencia, sería contradictorio seguir manteniendo la universalidad de los mismos; a la postre, por finitos, serían imposibles, un vago sueño de la razón, una vaga ilusión que se desvanece pronta como el humo: nuestros valores, aquello que tenemos en más alta estima, estarían heridos por la muerte, y, la dignidad, como todo aquello que queramos predicar de la persona, serían valores absurdos. Si somos dignos, si de verdad somos dignos, tan sólo puede ser por el hecho de que la dignidad nos trasciende; se arraiga en nosotros, y aun así nos trasciende y convierte, de este modo, en algo absoluto, en algo que vale por sí mismo. En consecuencia: Si un hombre vale por sí mismo, si no es intercambiable por otro, si no se le puede someter por la fuerza, ni es sustituible, esto sólo puede ocurrir (y ahora viene algo importante: una transposición del discurso filosófico al teológico), porque es imagen de Dios. Por imagen divina, el hombre vale por sí mismo. La dignidad humana, en el mejor de los sentidos que podemos entenderla, nos remite a una filiación divina, pues sólo puede responder a un reflejo del amor de Dios. Como tal reflejo nos traspasa y nos trasciende. En un plano meramente horizontal, nos la debemos a nosotros mismos y a nuestros semejantes; no obstante, considerada en el plano vertical, puesto que la recibimos de Dios, tenemos la obligación de trasmitirla a los seres irracionales (es fácil ver en nuestras mascotas tal reflejo) e incluso inertes; de este modo la naturaleza toda queda dignifica por el amor divino. Así que, si el hombre es digno, Dios merece adoración porque, por su amor, es la fuente de la dignidad; la naturaleza toda, a su vez, por quedar dignificada, es deudora de respeto según la jerarquía de sus órdenes.


Todos los derechos reservados
Jesús Cánovas Martínez©
Filósofo y poeta

jueves, 15 de septiembre de 2016

MI HIJA Y LA ÓPERA

MI HIJA Y LA ÓPERA
JOSÉ ANTONIO FRUTOS ROMERO
EDITORIAL DÉDALO



Ya en el inicio se encuentra un párrafo con el cual se capta la atención del lector y le deja atisbar un drama acontecido, quizá una tragedia difícil de nominar:

Todavía no había cumplido los veintiocho, aunque, por los acontecimientos sucedidos en la última semana, su rostro había envejecido tanto que podría haber pasado por un hombre dos décadas mayor.

Mi hija y la ópera, novela que supone el debut en el mundo literario de José Antonio Frutos Romero, nos relata la historia de un hombre atormentado, Andrés Rosique, cuya vida inesperadamente da un giro de 180º cuando parecía que había alcanzado un culmen de satisfacción y realización personal. Un extraño accidente, cuyas circunstancias no quedan del todo aclaradas hasta el final de la novela, siega la vida de su joven esposa, Patricia, y de su hija de dos años, Susana. Tras el accidente el protagonista sufre un episodio de enajenación que, literalmente, le llevará a perder la cabeza; Andrés Rosique deseará morir y deseará dar muerte, y el demonio de la ira saldrá de su interior de manera delirante. Durante una semana vagará sin rumbo por los barrios marginales de Cartagena, y vagará por las poblaciones y campos aledaños. Un hombre desesperado, emocionalmente trastornado, apenas controla sus actos. Durante su vagar, Andrés Rosique cometerá una serie de acciones de cuyas consecuencias, aun con el posterior arrepentimiento, nunca podrá zafarse, porque hay acciones que en sí mismas impiden el retorno a la paz; dichas consecuencias gravitaran en lo sucesivo a lo largo del resto de su vida. Venderá la mansión que posee en una zona residencial de Cartagena y se irá a vivir a Calasparra, cerca del Santuario de la Virgen de la Esperanza, donde las masas boscosas de pinos supondrán el remanso que necesita para perderse y olvidarse del mundo; desatenderá el próspero negocio que regenta y lo malvenderá a una competencia ruin y ambiciosa. Pocos serán los amigos que frecuenten su casa y su vida naufragará entre la soledad, los sentimientos de culpa, el amor a la esposa e hija fallecidas, y los atisbos y añoranza de lo que podría haber sido una vida mejor, una vida feliz. Sin embargo, Andrés Rosique, de quien no puede huir es de sí mismo. En su retiro pronto será conocido como El Leñador, y algunas de estas gentes calasparreñas, menos dadas a eufemismos tranquilizadores, utilizaran otro apelativo para designarlo: El Loco.
En su naufragio personal, el protagonista arrastrará a su hija menor, Violeta, a la sazón de seis meses de edad cuando se desencadena la tragedia. Violeta no heredará la belleza de su madre ni se parecerá a su hermana, una princesita rubia de ojos azules; por el contrario, desde su nacimiento quedará marcada por un hemanginoma capilar congénito, una mancha de vino. A esto sumará una salud delicada, un temperamento que se apunta difícil y la fealdad física; el autor de la novela hace de ella el siguiente retrato:

Según transcurrían las semanas, a la pequeña de la casa se le fueron arqueando las cejas, el mentón parecía hundirse desalineando la mandíbula por su lado superior y la nariz asomaba con singular prominencia desproporcionando aún más las facciones. Aunque quizás, e independientemente de su mancha en el rostro, su rasgo más peculiar era el de su irascibilidad. Lloraba o gritaba la mayor parte del tiempo que permanecía despierta, caprichosa e inquieta, difícil era el momento que parecía estar cómoda.

Violeta no ha nacido, pues, con una dotación apropiada para que su vida transcurra por un camino sin altibajos franqueado por árboles fáciles a la sorpresa del fruto y del goce; el equipaje que porta, por el contrario, ya en la misma línea de salida, es tan lastimoso que en el mejor de los casos puede mover a compasión. Y a este equipaje habrá que añadirle la circunstancia de la soledad. El padre, en un primer momento, aun de manera larvada, la odiará, ya que inconscientemente la culpará de su desgracia. Pero ese extraño y difuso odio pronto será trastocado por un amor sin reservas; un amor protector, de padre, indeleble, un amor que Andrés Rosique volcará de manera incondicional en ese ser débil y necesitado: Violeta, su hija.


Llegados a este punto podemos entender la mitad del título de la novela; el resto no será difícil si consideramos que a Andrés Rosique lo moverá, aparte de la que siente por su hija, otra pasión: la ópera. Su hija y la ópera, sus únicas motivaciones para vivir como así confiesa en un momento dado, pasiones que se convertirán en sentido con el que embellecer el mundo, fuerza con la que sublimar la monotonía de los días que se suceden y convertirlos en celebración.
 Un huérfano de madre, que desde su infancia ha trabajado duramente al lado del padre, un hombre práctico y poco dado a devaneos idealistas o poéticos —La vida es dura, así que ve aprendiendo, que yo a tu edad ya fumaba y me iba de putas, le contesta el progenitor cuando Andrés niño le comenta la humillación que ha sufrido en el colegio por unos compañeros—, en principio tiene pocas oportunidades de acercarse al mundo de la ópera. Acontecerá que el joven Andrés Rosique, como cualquier joven de su generación, sentirá una irrefrenable atracción por el rock. Muy pronto aprenderá a tocar la guitarra y con unos ahorros se hará con un piano de mesa de segunda mano. A pesar del poco tiempo libre de que dispone, de manera autodidacta aprenderá algo más que los rudimentos de la música, hasta el punto que con dos amigos terminará por formar un pequeño grupo, Los Prohibidos. Andrés compone canciones; no suenan mal, así que animado por los amigos decidirá actuar en un local. No contaba con que le tomaría el miedo escénico, y lo que se atisbaba como halagüeño triunfo terminará en un rotundo fracaso frente a la mujer que ama, Teresa.
El tiempo sigue su decurso. Aun independizado de la férula del padre, Andrés Rosique se convertirá en la mano derecha con la que su progenitor levantará un pequeño imperio de tiendas de informática. Triunfador en los negocios, fracasado en el amor, la soledad crecerá en su alma de forma paralela a su adicción por el whisky. Sin embargo, la música, a modo de jardín cerrado, seguirá siendo para él su secreto refugio, y del gusto por el rock imperceptiblemente se deslizarán sus gustos hacia los autores clásicos, más tarde a la ópera.
Una tarde de finales de verano, en la heladería donde al terminar la jornada suele tomarse unos whiskys, queda deslumbrado por la belleza de una mujer:

Ella, sabedora de su belleza y de la expectación que levantaba, aderezaba sus miradas con innegable coquetería, como si, cruelmente, quisiera jugar con todo aquel que tuviera la suerte de recibirlas. Andrés pensó que no valdría la pena perder el tiempo admirándola, cuando, sin querer, volvió a dirigir los ojos a la mesa; ella, preguntándose qué haría un tipo joven tomando una copa solo en una heladería, o por simple curiosidad, clavó sus ojos en él. Al coincidir su mirada con aquella expresión iluminada, los bajó de inmediato y volvió a levantarlos al instante en dirección a la chica que ya se había concentrado en remover su granizado.

Justo en ese momento suena en la radio un aria, Nessum dorma, y Andrés la asociará al amor de manera imperceptible, pues la flecha de Cupido, certera, ha impactado en su corazón. Incapaz de abordar a la chica, la deja marchar con el fin de establecer contacto en otro momento, al día siguiente quizá. Pero la chica no regresará. Andrés insistirá, uno y otro día, con el ánimo de encontrarla; indaga, pero nadie le suministra pistas. Después de su jornada de trabajo, Andrés irá a la heladería las tardes de todo un año con la esperanza de volver a verla, pero la enigmática chica no aparecerá hasta el verano siguiente.
Sí, herido de amor, la encuentra y, con sutileza, la aborda. La chica es una veraneante y se llama Susana; viene a Cartagena a casa de unos primos. Andrés cree que ha encontrado el amor de su vida, pero para su sorpresa pronto descubre en Susana una coquetería en demasía conjunta a una frivolidad intolerable; la belleza física no mantiene una correspondencia con la belleza interior. Luego de una escena no exenta de comicidad —esta comicidad cogerá por sorpresa al lector cuando menos lo espera, justo en las páginas donde se insinúa el amor—, Susana, ahíta de alcohol, se duerme en la cama justo cuando van a mantener su primera relación sexual. Andrés entonces cae en la cuenta de que no la ama; ha sido deslumbrado por su belleza, pero no la ama. Ama a otra mujer: Patricia, la camarera de la heladería donde va a tomarse sus whiskys. Deja una nota a Susana, para cuando despierte, y sale disparado a la caza y captura de Patricia.

El autor con sus hijos, Adrana y Marcos.

Mi hija y la ópera tiene una estructura operística, tras una obertura se suceden los tres actos en los que se desarrolla el drama. La cuñada de Andrés Rosique, durante el primer acto, relatará la infancia y juventud del protagonista hasta el fatal acontecimiento que trastocará su vida. La voz de Violeta aparecerá en el segundo y tercer acto, pues es ella, una vez muerto el padre, la que contará una vida de soledad y expiación; y ella será la que, con su voz, redima al padre, y al redimirlo, se redima a sí misma. El autor recomienda que durante la lectura de algunas de las páginas de la novela se oigan los fragmentos de ópera que se citan, o por lo menos se tengan presentes. Esto es porque el texto con frecuencia se balancea al son de la música y para ser captado en su intensidad se hace necesario que suenen ciertos fragmentos de óperas, por lo menos en el interior de la cabeza del lector.
Invita la novela, en su traspatio, a varios tipos de reflexiones. Por de pronto aparece una reflexión sobre la fealdad y, concomitantemente, sobre la belleza. Tanto Teresa como Susana, de las que Andrés quedará prendado durante un tiempo, son mujeres enormemente bellas, pero para sorpresa suya, una vez que intima con ellas, les descubre un fondo intolerable de frivolidad que no es otra cosa sino una suerte de vacío interior. La belleza está en otra parte: la encontrará bajo el manto de humildad de Patricia, quien trabaja de camarera para costearse sus estudios, y la encontrará en Violeta, su hija, marcada por la fealdad física. Para Andrés, haber encontrado esas mujeres verdaderamente bellas en un determinado momento —se le han abierto los ojos de la percepción auténtica—, le supondrá alcanzar una suerte de redención.
Con insistencia aparecen las fechas de los acontecimientos, como si el autor quisiera registrar hasta el detalle los hechos significativos de las biografías de sus personajes, casi todos ellos —dicho sea de paso— marcados por un hado funesto, una secreta herida. Esta circunstancia quizá se deba a los numerosos guiños que el autor hace a su propio entorno vital; los nombres de los personajes, ciertas anécdotas, los espacios geográficos que aparecen en la novela —incluso Manhattam, en un viaje de Violeta— significan algo para él. Al hilo diré que conozco algo de la biografía de José Antonio Frutos y sé que la armazón alrededor del amor filial no responde a un recurso estético con el cual trabar una novela; supone una verdadera preocupación del autor, un auténtico problema existencial para él.
 En Mi hija y la ópera hay muerte y hay vida, y parece como si el autor por su propio personaje quisiera alcanzar una suerte de redención, porque este tema, el de la redención o expiación de una culpa, de forma velada ocupa la totalidad de la novela. La estética, la capacidad de valorar como bellas las cosas que en sí mismas son neutras, es algo que en propiedad pertenece al ser humano; la música eleva al hombre sobre el mundo, pero quizá por sí misma no suponga tal elevación que, en ella, y por ella, se eluda un destino, un sentido: el enfrentamiento con la muerte.

                                              
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                                               Jesús Cánovas Martínez©

                                               Filósofo y poeta.

sábado, 27 de agosto de 2016

DE LOS CABALLOS QUE SE DABAN COCES EN LA CUADRA

DE LOS CABALLOS QUE SE DABAN DE COCES EN LA CUADRA



Con esa gracia del bajo medioevo —edad a la que Huizinga describe de forma gráfica como un gigante con cabeza de niño—, refiere el infante don Juan Manuel uno de los consejos que el prudente Patronio da al conde Lucanor. El conde tiene un enemigo que le ha inferido mucho daño, pero al cual él también ha respondido causándole numerosos males. En éstas entra en escena un tercer contendiente mucho más poderoso que los dos enemistados con la pretensión de aniquilar tanto a uno como a otro. El antiguo antagonista le pide al conde hacer las paces y unir sus fuerzas para luchar contra este tercero, pues sólo así, argumenta, podrán vencerle; de lo contrario sucumbirán ambos con toda seguridad. ¿Qué debe hacer?, se pregunta el conde Lucanor, ¿aceptar la mano que le tiende su antiguo adversario para juntos luchar contra el tercero, o simplemente despreciarlo por desconfianza y afrontar por sí solo al nuevo contendiente que lo sabe de antemano más fuerte que él? El fiel Patronio como resolución de tal dilema le propone que atienda al exempla de los dos caballos que no podían vivir juntos en la misma cuadra. Se pasaban éstos todo el día dándose coces, y llegada la noche seguían dándose coces. No sabían qué hacer sus amos, faltos de haberes suficientes para alojarlos en cuadras distintas, así que por mediación del infante don Enrique pidieron el favor al rey de Túnez de que los echara a un león. En medio de la pelea, cuando los caballos vieron al león, atemorizados se acercaron el uno al otro y comenzaron a luchar contra el enemigo común hasta que lo redujeron y consiguieron que volviera a la jaula.
Sorprenden los actuales políticos españoles —con la loada excepción— que parecen tan insensatos como los caballos del ejemplo. Y esa insensatez va pareja al desprecio supino que muestran a la ciudadanía. Así parece que algunos no distinguen lo que pertenece a la esfera de lo personal de la esfera de lo político y someten la toma de sus decisiones en función de la prelación de la primera sobre la segunda, esto es, pesan en ellos, o lo parece, más las rencillas de índole personal o los intereses de tipo partidista —o, por mejor decir, semipartidista— que los intereses de la ciudadanía en general, y, en consecuencia, supeditan el bien común a las finalidades miopes de tipo particular.
El caso es que retórica tienen estos señores políticos. Los oyes hablar y ninguno ha hecho los deberes mal, sino muy al contrario, la inmensa mayoría de ellos se congratula de su buena praxis y resulta raro encontrar a alguno que reconozca haberse equivocado. Suelen, de este modo, descalificar al contrario y cargarse de razones para mostrar lo imprescindibles que son; sin ellos no funcionaría el sistema. Aquí hay gato encerrado indudablemente; de forma irremediable es así que convocan la risa. Y, desde luego, que esta situación, lo reconozco, da para el esparcimiento después de una jornada de trabajo. ¡Qué placer, por la noche, antes de coger el sueño, contemplar en cualquier tertulia de televisión a los periodistas apesebrados de uno y otro bando tirarse los argumentos a la cabeza! Ahora bien, dicho lo precedente, también hay que convenir, y esto es lo grave, que hay juegos que cuestan algo más que dinero. 
La ciudadanía habló el 20 D y volvió a hablar el 26 J y lo volverá a hacer en unos nuevos comicios, y lo hará siempre que su voz no se vea anulada. En la actualidad esta es su voz: un arco de posicionamientos que van de un extremo a otro; a unos gustará más a otros menos, pero ahí está expresada la voluntad de los españoles que, en una democracia representativa, deben negociar sus ínclitos representantes. Porque la democracia fundamentalmente es eso: la toma de resoluciones por medio del diálogo. Este diálogo ha de ser inclusivo, nunca exclusivo, pues no se trata de apartar a nadie ya que todos vivimos en la misma cuadra —perdón, quiero decir, estamos en el mismo barco—, salvo a aquellos que de motu proprio quieran excluirse. El pacto de mínimos se hace, por consiguiente, necesario, y es de sentido común, pues cualquier persona normal que utilice su racionalidad convendrá que hay algunos mínimos dentro del marco constitucional en los que se pueden poner de acuerdo nuestros queridos políticos; de ahí a un pacto sobre las materias que interesan a todos sólo hay un paso.
Insisto en la idea: puesto que ningún partido tiene la voluntad de la mayoría —y parece que será así para largo—, el sentido común impone pactar, y, pactar, ya lo sabemos, supone que todas las partes deben de ceder en algo hasta alcanzar lo razonable —tal pacto, por supuesto, no dejará contentos a todos, pero apuntará a lo razonable—. Dicho con otras palabras: pactar quizá no sea elegir lo mejor según la perspectiva en la que se ha situado cada cual, aun así será lo menos malo para el conjunto de los españoles.

Claro, claro, durante este momento de impasse el susodicho diálogo puede prolongarse sine die, y más cuando parece que a algunos no les duele —¿o sí?— y se enquistan en una determinada posición al grito de: “¡Yo soy la verdad!”; grito que resuena y resuena de uno y otro lado de los banquillos: “¡Yo soy la verdad!”. Tal vez consigan con esta actitud de desprecio hacia el conjunto de la ciudadanía española que Europa, por ejemplo, entre multas y congelación de fondos estructurales cierre el grifo de unos cuantos miles de millones de euros. En realidad, de cara a lo boyante que va nuestra economía y a sus mejores expectativas de futuro, también debido al despilfarro y corrupción a los que ya estamos acostumbrados, tal coyuntura no debería importarnos demasiado, pero como gesto de buena voluntad el monto de dicha cantidad deberían pagarlo los políticos responsables con su sueldo, sus prebendas y su patrimonio, es un decir.
Buscando un poco de consuelo abro el periódico y leo que una nueva preocupación llena la agenda de nuestros políticos: que las terceras elecciones para elegir gobierno no caigan en el día de Navidad. Para quitarme pesares, paso unas páginas; otra noticia de enjundia: el alcalde de cierto municipio echa adelante con la iniciativa de analizar el ADN de las cacas de los perros con el fin de localizar a sus amos. Pliego el periódico por surrealista, y pongo la tele para animarme un poco, con lo que sea. Entonces me entero de que la Terelu se ha comprado unas bragas en un mercadillo…
Yo no sé si tenemos lo que nos merecemos, pero da que pensar. El león está a la puerta y aquí parece que nadie se entera. Inmersos en su esfera de irrealidad siguen los políticos con sus dicterios y tejemanejes. Para procurar remedio a esta situación creada por ellos mismos, sería interesante que hicieran un curso sobre democracia, aunque fuera acelerado, que les llevara a comprender el pensamiento de Aristóteles, Locke, Montesquieu, Rawls o Habermas, entre otros. Quizá, y puesto que ya se han ocupado de desterrar la filosofía de las aulas o, por lo menos, están en ello, fuera conveniente introducirles el curso con algo simple y de fácil asimilación antes de entrar a los fundamentos de la filosofía práctica. Podría ser la lectura y comentario de El Conde Lucanor, cuyo autor por cierto, de vivir hoy en día, en lo que se refiere a intrigas políticas daría sopas con honda a toda la caterva de políticos descerebrados que nos ingobiernan.

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                                   Jesús Cánovas Martínez©

                                   Filósofo y poeta.

martes, 9 de agosto de 2016

LO QUE IMPORTA ES VIVIR Y OTRAS HISTORIAS

LO QUE IMPORTA ES VIVIR Y OTRAS HISTORIAS
EDITORIAL TRIRREMIS
PEDRO JAVIER MARTINEZ



Pedro Javier Martínez con Lo que importa es vivir y otras historias está que se sale de tiesto, porque la apuesta que en estos relatos hace por la vida es rotunda, hasta el fondo, sin ningún tipo de ambages o dudas: la vida, aun con la tristeza, el desconcierto o la fatiga que muchas veces le van implícitos, merece la pena vivirla. Y así queda claro desde el primer relato que da título al libro y también el sesgo. Patricio, tetrapléjico luego de un desafortunado accidente, está condenado a ver el mar tras una ventana de la casita de las Puntas de Calnegre en donde vive. Desea morir porque no le encuentra sentido a su vida, impedida y atormentada, y para quitar sufrimiento a Mari Huertas, su querida y joven esposa. Un día se arma de valor y le pide a su mujer que le ayude a morir.

—Ayúdame a morir, Mari —se atrevió Patricio en un susurro.

El drama está servido, y el dilema. Si Patricio desea la muerte, Huertas desea la vida. El amor de Huertas por Patricio hace tiempo que está sublimado, pero sabe que son pocos los argumentos de que dispone para hacerle desistir de su decisión. “Amor mío, le responde, yo no estoy a tu lado para ayudarte a morir, sino para lograr que continúes viviendo”. Y Huertas alega a la esperanza, sustentada en última instancia en Dios. Quizá no haya respuestas convincentes para dilemas tan atroces como el que Pedro Javier nos presenta en este relato, por lo menos respuestas desde un punto de vista humano, o quizá sí. Pero lo importante, siempre, será sostener la esperanza y apostar por la vida. Dios da sentido a la vida en cualesquiera circunstancias en que ésta se desarrolle; Dios, por tanto, es la razón última para vivir. “En Dios y en nosotros mismos”, razona Huertas, cuando, tras un apasionado beso le dice, concluyente, a Patricio: “No pienses en morir, amor mío. Abandonémonos a su misericordia.
Son diecisiete relatos los que componen el libro —cinco de ellos micro—, y todos ellos poseen un marcado carácter moral y, consiguientemente, moralizante. Plantean la vida como un aguafuerte intensa, con violentos contrastes y agudas aristas; en ellos se entrelazan la reflexión con los sentimientos, mientras que la sensualidad del autor —un hombre del sureste que ha conocido la naturaleza exuberante de la huerta y la sed de la tierra baldía, las promesas del mar con la frustración yerma del erial— propicia un aroma a tierra mojada, a huerta, a acequia, a mar, capaz de despertar sensaciones táctiles. Algunos de estos relatos me gustan especialmente; son aquellos que hacen zozobrar el alma de sus protagonistas, al debatirse éstos entre la angustia y la culpa. Uno de los relatos, quizá biográfico, Palomar abierto, me llega especialmente. Dámaso, un joven seminarista de veintidós años, y que desde los diez lleva ingresado en el Seminario, ve flaquear su fe por el contacto con la mano de una joven mujer. Reza el rosario con su boca, asiste a la procesión del Corpus con su cuerpo,  pero lo hace mecánicamente, porque ahora su ser entero ha sido sacudido por un intenso escalofrío, por una extraña belleza antes desconocida, por un deseo que salvaje le recorre las venas. Por la mujer, una mujer concreta, Dámaso ha descubierto a La Mujer, y su virilidad contradice sus antiguos deseos de seguir la senda del sacerdocio. Son magistrales las páginas en las que se expone el dilema de Dámaso… ¿huir del Seminario supone abandonar la fe? Son pasiones vivaces, plenas, intensas, las que recorren al joven seminarista, contraponiendo el impulso nuevo que siente de abrazar la vida que fluye en el exterior con las convicciones que hasta ese momento creía inalterables. Junto a la angustia y los sentimientos de culpa, el deseo de escapar de aquel Palomar, sencillo y recoleto, en donde se produce un roce casi imperceptible y blando de sotanas y roquetes, se impone casi como necesidad: “Sintió la atracción irrefrenable del mundo, por el bullicio de la vida que le subía desde la ciudad. Y un súbito deseo de hallarse lejos, de vivir, de gozar de juventud que se le brindaba desbordándosele en los desbocados potros de su sangre, espoleó sus cinco sentidos.”


Un tema recurrente en la producción literaria de Pedro Javier, ya poética como narrativa, es el de la muerte. Con especial gracia lo hizo en la novela Una dulce manera de morir (http://elarcodeltriunfocanovas.blogspot.com.es/2013/10/una-dulce-manera-de-morir.html); en Lo que importa es vivir y otras historias lo abordará en los dos relatos: Las praderas azules del Edén y Cuando florezcan las amapolas. Los títulos introducen el tono eminentemente lírico con que será abordado el tema, pero al primer relato se le adosa la ironía, al segundo, la tristeza, hasta el punto que es el único de los que componen el libro que se puede considerar propiamente trágico. En el primero de ellos, el autor nos presenta a un fumador empedernido cuyo vicio finalmente lo llevará a la tumba. Conocedor Pedro Javier de los estados postmortem, los describe con ligereza y gracia, por no decir con desenfado; así, tras morir, Anselmo, el protagonista, siente un gran sosiego, a la vez que, mientras trepa a la lámpara de la habitación, ve el trajín inútil de médicos y enfermeras sobre su cuerpo. Pero enseguida reflexiona que la verdadera vida comienza entonces para él, liberado al fin del fardo de la carne y de todos sus alifafes, que tanto le habían hecho sufrir en los últimos tiempos. En éstas, un ser de luz aparece y le insta sin palabras a que lo siga. Lo lleva a una gran sala donde debe de esperar; hay allí una serie de individuos que han muerto a consecuencia del tabaquismo. Curioso es el cruce de palabras que tiene Anselmo con uno que parecía llevar la voz cantante, luego del cual viene a descubrir que en el más allá también hay tráfico de influencias. Los que hay en la sala esperan su turno para ser reciclados, pues sólo los puros pueden entrar en las praderas azules del Edén. Hay muchas más salas, ya que los defectillos de cada finado tienen su propia forma de limpiarse. A los usureros, por ejemplo, como humillación edificante se le agujerean las manos para que no puedan esconder ni una sola moneda; a los políticos lenguaraces y de dedos ágiles, se les limpia con estropajo boca y manos hasta dejarlas como los chorros del oro; a los violadores se los desprovee del preciado tesoro de sus genitales…
En el relato Cuando florezcan las amapolas, Pedro Javier describe un proceso de locura, el de la joven novia a la que le han matado en una lejana guerra —y hemos de suponer absurda— a su prometido.

Una lágrima. Dos lágrimas. Muchas lágrimas en unos ojos negros. La dueña de esos ojos, María. Una moza joven y fresca, huertana. Con la aspereza de la tierra en la piel de sus manos y con la grandeza y feracidad de ésta en el corazón, demasiado tierno para la ausencia.

Estas son las palabras que inician el relato, un alegato al sinsentido de las guerras transido de intenso lirismo, de descripciones que convocan el llanto y dan rienda suelta a la emoción incontenible ante la presencia ineluctable de la muerte.
Quizá sea Cuando florezcan las amapolas, junto con el que lleva por título El agua que nos lleva, los dos relatos en los que aparece una suerte de costumbrismo o naturalismo, ya que en un estilo gráfico y certero abundarán en ellos descripciones de la huerta y de los huertanos que la habitan propias del mejor Blasco Ibáñez. Una pasión por la tierra, que no es sino amor por la misma, se desata irrefrenable. Frente a la tragedia que se plantea de modo implícito en Cuando florezcan las amapolas, una tragedia explícita recorrerá El agua que nos lleva: una pronta, y esperada, riada del Segura ante la que cualquier prevención supone poco. Ahora bien, si en Cuando florezcan las amapolas la prosa del autor se decanta por un lirismo casi onírico, el agua que nos lleva quedará presidido por un realismo despiadado, y aun así dulce. No encontraremos en él la insolidaridad y la mala lechecica que a veces se estila en la huerta profunda, que todo hay que decirlo, tal y como aparecen en La Barraca de Blasco Ibáñez; por el contrario, a la espera del drama por venir los vecinos de la pequeña población de la vega baja del Segura, Dolores, aúnan sus esfuerzos para contrarrestar en lo posible la devastación de las aguas. En todo momento aparece en el relato la solidaridad, la sensación de que los vecinos forman un cuerpo común para contrarrestar las fuerzas de la naturaleza; el diálogo que mantiene el protagonista del relato, Juan, con el tío Macario salpicado con el seseo y las expresiones propias de la zona, es decididamente significativo en este sentido.
Un vocabulario rico, una expresividad potente, una ironía a flor de página, descripciones de gran belleza y fuerza en las que se aspira el viento o se huele la mar, una virilidad de huerta y brazal, pasiones desatadas, reflexiones sobre dilemas morales, harán pensar y disfrutar al lector de Lo que importa es vivir y otras historias. No quiero decir todo lo que se me ocurre sobre el libro, pues pretendo dejar al lector que descubra por sí mismo sus recovecos y ocultos callejones. Sería impropio de una reseña desvelar más de lo que conviene, baste lo dicho como acicate para su lectura.

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                                               Jesús Cánovas Martínez© 

domingo, 7 de agosto de 2016

LOS CHAVOS

LOS CHAVOS


El tío Chavo y Bernardina Aguilera

Fue un casamiento feliz el de José Martínez Cano, El tío Chavo, electricista cualificado que vivió a caballo entre finales del siglo XIX y primera mitad del XX, con Bernardina Aguilera Martínez, La Bernardina, una moratallera de alcurnia pero venida a menos que, por dicho casamiento, se convirtió en la abeja madre de los futuribles Chavos; de esta unión nacieron tres robustas hembras, en orden de mayor a menor edad: Dolores (La Lola), Milagros (La Milagros) y María (La María), las abuelas que dieron lugar a las tres líneas de la saga de Los Chavos.
La abuela Dolores, desencadenante de la primera línea de las filiaciones Chavas

 Dolores, La Lola, la hija mayor del tío Chavo y abuela del que esto escribe, casó con Jesús Cánovas, y tal unión fue fructífera ya que les nacieron tres hijos, sanos y dispuestos a dar guerra: Jesús, mi padre, nieto mayor del tío Chavo, y mis dos tíos: Fina y Paco. Jesús casó con Magdalena Martínez, mi madre, y de su unión nacieron, de mayor a menor edad: Magdalena (La Nena), Jesús (el servidor, conocido como El Jesús, El Jesules o El Jesusico, según sea el caso) y José Francisco (El Jose). Estos bisnietos del tío Chavo casaron a su vez con respectivos cónyuges. Magdalena enlazó con Antonio Campuzano, y de su unión nacieron: Magdalenita, Rocío, Laura y Antonio. Magdalenita casó con Álvaro Botía, pero hasta la fecha el matrimonio no ha tenido hijos. Rocío, casó con Nacho Fernández y han tenido a Miguelito y Rociíto; a su vez, Laura, de su matrimonio con Antonio Moreno, ha tenido a Laurita y Patri. Mi ahijado, Antonio, El Crío, como normalmente se le conoce, luego de pasar por diferentes noviazgos parece que está en condiciones de sentar cabeza, pero aún no la ha sentado y, consiguientemente, no tiene descendencia; sus padres esperan con ansiedad que su novia Rosa Ana Bernal lo meta en cintura. Siguiendo el orden genealógico, el segundo hijo del matrimonio de Jesús con Magdalena es el servidor como ya ha quedado dicho, por lo que me corresponde hablar de mi descendencia. El servidor casó con Mª José, también bisnieta del tío Chavo como ahora especificaré, y de la unión de ambos nació una niña doblemente Chava: Miriam, todavía sin descendencia pero casadera, ya que anda muy acaramelada con su amor Jakub Ryś; la niña, en contrapartida a la decisión de sus padres, está dispuesta a internacionalizar las raigambres Chavas. De esta línea, o mejor sublínea, queda hablar del hermano del servidor: El Jose. Jose casó con Guillermina Marín, y de su unión nacieron Iván y Luis, en la actualidad mozos merecedores. Volviendo a los nietos del tío Chavo por parte de su hija mayor Dolores, tengo que hablar de mis tíos y primos. En el orden de mayor a menor edad, que es el orden que me he propuesto seguir, encuentro a mi tía Fina, tres años menor que mi padre, que casó con Pepe Barreda y de cuya unión nacieron mi primo Pepito y mi prima Isabelita. Pepito, que yo sepa, ha tenido tres hijos de dos mujeres: Jorge y Patricia, de Mari Carmen Turbuleta, y, tras su nueva unión con María del Mar Ilicense, un nuevo retoño cuyo nombre ignoro (prometo enterarme); quizá, para compensar, mi prima Isabelita no ha tenido hijos. En relación a mi tío Paco, vengo a decir que tuvo dos hijas de su unión con Lucia Sánchez: Lily y Conchi. Lily se unió con Andrés Moreno, y tuvo tres hijos: Andrés, Paquico y Adrián; de estos tres, Paquico, tras su unión con María García, ha tenido a Curro; Concha de su unión con Juan Sánchez ha tenido a Fuensanta y Alejandro; Fuensanta, a su vez, de su matrimonio con Óscar García ha tenido a Óscar. Todas estas personas que he nombrado, ya sea por sangre o adopción, son Chavos de la primera línea, los que proceden de Dolores, la primera hija del matrimonio del tío Chavo con Bernardina Aguilera.

La Milagros adolescente, segunda hija del matrimonio Chavo. Se aprecia en ella la belleza que transmitiría a su descendencia.
En referencia a los Chavos que proceden de la segunda hembra del matrimonio de José con Bernardina, Milagros, tengo que decir, en primer lugar, que es una línea muy corta aunque de intensidad especial como ahora especificaré. Milagros casó con Francisco Tortosa, de cuya unión nació Fuensanta, la que llamaré Fuensanta primera porque tristemente murió a los dos años de edad a causa de una meningitis; el matrimonio tuvo una segunda hija a la que volvió a poner el nombre de Fuensanta (cosas de los antiguos) y a quien llamaré Fuensanta segunda. Fuensanta segunda, llegada a la edad, casó con Antonio Martínez. De la unión de Fuensanta segunda con Antonio, nació Mª José (La Jose Mayor), mi prima segunda y también esposa; por eso la hija de ambos, de Mª José y el servidor, ya mencionada anteriormente, posee la raigambre más recia de todos Los Chavos, y es un caso único hasta la fecha en lo que se refiere a las filiaciones Chavas ya que es doblemente Chava al confluir en ella las líneas de la primera hembra del feliz matrimonio de José y Bernardina, Dolores, con los de la segunda hembra de dicho matrimonio, Milagros. 


La prima sobrina tercera del servidor, o algo así. Ya de pequeña sentía predilección por cierto tipo de indumentaria. Nació una noche de San Juan con un lunar en la axila izquierda.
Esta circunstancia puede llevar a confusiones. Por ejemplo, en mi caso: Miriam es mi hija, pero si atiendo al hecho de que mi mujer es mi prima segunda, entonces ocurre que mi hija es mi hija, aunque también es mi sobrina segunda o tercera, y para ella el servidor vendría a ser su tío primo segundo o tercero, no sé; lo he preguntado y ha surgido la discusión. Lo grave es que igualmente le sucede a Mª José con su hija. Si su hija es la hija de su primo segundo, ¿entonces qué tipo de parentesco mantiene con la misma? Ahora bien, si mi hija es prima sobrina tercera mía (vamos a dejarlo así, con la edad que tengo no estoy para ciertos trotes mentales), y la hija de mi mujer es su sobrina prima tercera, entonces, ¿qué relación mantiene nuestra hija con respecto a nosotros, hija o sobrina lejana? Si es sobrina lejana, nuestra hija, en referencia a las relaciones de parentesco, estará más lejana de nosotros que otros sobrinos o sobrinas que, incluso, no sean hijos nuestros. Un lío, ¿eh? Dicho lo cual, ¿qué tipo de parentesco, distante o cercano, podrá mantener nuestra hija, siendo respectivamente la sobrina tercera de cada uno de los dos cónyuges, con el resto de la familia Chava? Vengamos al siguiente caso: Fuensanta, la segunda, hija de Milagros y Francisco, es prima de mi padre y madre de Mª José, mi mujer, por lo que su nieta es mi hija, pero siendo Fuensanta prima de mi padre, ¿qué parentesco le tocará a mi hija con respecto a su abuelo paterno? Seguro que será su nieta, pero también su nieta prima segunda. Y si la nieta de mi tía segunda es, a la vez, sobrina segunda o tercera mía, esto es, hija mía, ¿no cabe sospechar aquí extrañas relaciones?, ¿no está ocurriendo acaso en la familia Chava algo similar a lo que ocurría con los faraones del Antiguo Egipto? A lo mejor los Chavos llevamos sangre de faraones y no lo sabemos. El caso es que, sin entrar en profundidades, los parentescos se complican, y cómo. Ya veremos cuando tengamos que repartir la herencia, qué ocurre.
La abuela María, desencadenante de la tercera línea de filiaciones Chavas

Queda hablar de la última línea de los Chavos, la que desciende de María (La María), la tercera robusta hembra habida del matrimonio del tío Chavo con Bernardina. María casó con Antonio Romero, y su unión fue fructífera, pues tuvieron los siguientes hijos: Maruja, Fina, Antonia y, por último, los mellizos: Nina y Pepe. Maruja casó con Pedro Martínez y del matrimonio nacieron dos niñas: Maribel y Antoñita. Maribel casó con Miguel Ángel Luján, El Miguel, y de su matrimonio nacieron Miguel Ángel y Esteban. Antoñita, a su vez, casó con Pedro Villalba, El Perico, y de su unión nacieron María y Pedro. La segunda hija de María con Antonio fue Fina, quien tras las nupcias con Antonio Solano, tuvo dos hijos: Mª José, conocida como La José del Rincón, pues en su infancia y primera juventud vivió en el Rincón de Seca, y Antonio. La Jose del Rincón casó con Toni Balsalobre (El Tony, conocido así tanto en el ámbito familiar como profesional) y de tal matrimonio nacieron dos niñas: Marta y Natalia. Antonio, el hermano de La Jose del Rincón, casó con María José Marín y de tal unión nació Antonio. La tercera hija del matrimonio de Antonio Romero con María Martínez fue Antonia, quien casó con Antonio Gracia y de su unión nacieron: Antonio (El Antoñín), Víctor y Mª José, conocida como la Jose de la Puebla en razón de su habitáculo y para distinguirla de las otras María José de la familia. Antoñín casó con Manola Pérez, pero hasta la fecha el matrimonio no ha tenido descendencia; Víctor casó con Conchi Martínez, y de tal unión han nacido Víctor y Alberto. En referencia a María José, casó con Asensio Navarro, El Asen, y de su unión han nacido Mª José y Ester. En lo que concierne a los mellizos cabe decir lo siguiente: Nina casó con Antonio Frutos (El Frutos, en el ámbito familiar) y tuvieron los siguientes hijos: José Antonio, Jorge, Eduardo y Lyli, conocidos como Los Ninos en honor a su madre. José Antonio, de Alicia Martínez, tuvo los hijos Adriana y Marcos; con su compañera actual, la simpatiquísima Maricarmen Cayuela, Chava de adopción, aún no tiene descendencia. Jorge casado con Eva Gómez ha tenido a Jorge, Rosalía y Manuela; Eduardo de la unión con Jacín Buendía ha tendido a Alejandro, Pablo y Javier; Lyli de la unión con Manuel García ha tenido un robusto vástago: Antonio. El otro mellizo nacido de la unión de Antonio Romero con María Martínez, Pepe, casó con Consuelo Puche, y de esta unión nacieron: Antonio, Consuelo (La Cuchi), Fulgencio (El Alito) y María. Antonio, soltero de momento, no tiene descendencia; Cuchi casó con Francisco Javier Martínez, El Fran, y de tal unión han nacido Jorge Francisco y José Javier; El Alito a su vez casó con Fuensanta Martínez y, hasta la fecha, han tenido sólo una hermosísima niña: Celia. María está todavía soltera. Todas las personas nombradas, ya por sangre o adquisición, adquieren la filiación Chava por ser descendientes de la tercera hija del matrimonio del tío Chavo con Bernardina Aguilera.

Bautizo de Eduardo (El Edu), el tercer Nino. En el centro, Mª José, mi prima segunda, oficia de madrina, el crío no le cabe entre los brazos. De izqu. a dech: La Nina, El Frutos, Fuensanta Segunda y Antonio Martínez
El tiempo, desde luego, aparte de ser un enigma, multiplica los seres que da gusto y pone a cada uno de éstos en su sitio. Toda la constelación de las personas nombradas, y de las que en la eviternalidad seguramente están en camino y, por consiguiente, no puedo nombrar, son Chavos. Porque las filiaciones, con el fin de no caer en exclusivismos de mal gusto, hay que mirarlas en sentido amplio. Sólo así se puede tener una visión de la globalidad mucho más justa y, por supuesto, mucho más real de aquella otra a la que pueda llevar la estrechez de miras. Y a decir verdad, hablando de globalidades, ahora voy a contar un secreto que me refiere mi madre política, Fuensanta, y que, como tal secreto, no todo el mundo conoce: José Martínez Cano, el tío Chavo, en realidad no es el ancestro último al que cabe remontarse en la saga, pues él también es heredero de dicha filiación; la recibió de su madre, Dolores Cano, la Chava antigua, conocida como La Abuela de la Acequia, apelativo que le fue asignado por su bisnieto Jesús, esto es, por mi padre, para distinguirla de la abuela Bernardina. No atisbo más allá en lo que se refiere a los orígenes Chavos. La Abuela de la Acequia supone un límite infranqueable para mi conocimiento ya que, antes de ella y retrocediendo en el tiempo, se extiende la noche de la ignorancia, por lo menos para el servidor; tan sólo añadiré, con el fin de arrojar en lo que cabe un poco de luz, que La Abuela de la Acequia había casado con José Martínez, que no era Chavo. Para finalizar estas indagaciones vengo a acordar algo interesante —que por decir secretos no quede, pues soy de la opinión de que con el conocimiento se airean las mentes, y si éste se agranda también se agrandan éstas y revierten en una mayor inteligencia—: La Bernardina era hija de Francisco Aguilera Puerta y de María Martínez Rodríguez, prima del Padre Rodríguez, persona ésta última querida y muy recordada en Moratalla, a la que en su día se le adjudicó calle y monumento.


Grupo de mujeres Chavas de las últimas generaciones.


Soy heredero de este linaje, el de Los Chavos, y a mucha honra y orgullo, oiga. Todos Los Chavos actuales, al descender de tres simpáticas abuelas, hemos tenido la suerte —incluidas las abuelas, y al decir de las abuelas— de heredar las cualidades de la belleza e inteligencia en tono superlativo. Aun así, en todo hay grados, y si los Chavos por definición somos guapos y listos, unos son más guapos y listos que otros. Es el caso de cierta descendencia de la abuela María, una sublínea que, a pesar de haber perdido el reproductivo apellido Martínez que con orgullo paseaba el tío Chavo, al criarse en un carril de la huerta han conservado mejor las esencias.
No quiero entrar en detalles, algo que, por supuesto, en algunos casos puedo hacer muy pormenorizadamente, pues si por flaqueza de mente a mí se me olvidan las cosas, tengo a mi lado a Fuensanta, mi madre política y tía segunda, a quien las cosas no se le olvidan y en todo momento puede apuntármelas. Si traigo aquí el árbol genealógico de Los Chavos es para realizar un parangón con la magnificencia del universo, ya que si éste, según los astrofísicos, se expande, Los Chavos se expanden igualmente; y si, en el decir de Shelley, las generaciones de los hombres son como las hojas del bosque, ya que mientras unas caen otras son las que nacen, hay que convenir que el bosque siempre permanece. No se pueden ver las cosas con parámetros estrechos que lo único que datan es la propia ignorancia de quienes los esgrimen; más bien hay que mirar hacia la línea del horizonte y pensar que existen infinitas líneas e infinitos horizontes allende la misma. Es así que hasta hace poco creía que los únicos Chavos en los que había prendido el amor por la literatura eran tan sólo mi hermanica y el servidor, ¡pues no! Para sorpresa y alegría mía otro Chavo se ha tirado al monte literario con la publicación de una novela de la que pronto daré rendida cuenta. Este Chavo no es otro que José Antonio Frutos —heredero de la línea que procede de la abuela María, y, más concretamente, de la sublínea de Los Ninos, puesto que es el primero de ellos—, el cual, al tirarse al monte, ha adoptado cierto nombre de batalla, algo así como El Nino Azul.

El Nino Azul con sus hijos Adriana y Marcos.
Entre las muchas razones que se me ocurren para seguir apostando por la familia está el afecto y la ayuda mutua que se puede dar entre sus miembros, pues la mera pertenencia al clan es interesante, pero por sí sola no constituye razón suficiente. Por eso tiendo la mano a mis queridos Chavos; aquí está y aquí me tienen.
Grupo de hombres Chavos de las últimas generaciones
Quede esta somera descripción de las filiaciones Chavas en las que abundan personajes que por sí solos y debido a su singularidad manifiesta serían capaces  de protagonizar la trama de alguna novela. Otro día, si el tiempo y la ocasión lo merecen, hablaré de la otra línea de filiación de la que soy heredero, la que se me otorga por vía de mi madre, la de Los Mojetes. Cumplida tal hazaña podré recuperar y sacar a la luz una de mis ocultas —y queridas— personalidades, la designada tal que así: El Jesusico Chavo Mojete.

Este individuo propiamente no es un Chavo, pero se ha colado por aquí.

                                                          
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                                                           Jesús Cánovas Martínez©

                                                           Filósofo y poeta.