domingo, 4 de diciembre de 2016

LA MISERICORDIA VENCERÁ AL DIABLO

LA MISERICORDIA VENCERÁ AL DIABLO
(SEREMOS JUZGADOS POR EL AMOR)
PADRE AMORTH (STEFANO STIMAMIGLIO)
EDITORIAL SAN PABLO



El diablo, el enemigo, el que separa, el que intenta por cualquier medio impedir el designio de Dios sobre el hombre, gusta de ocultarse, porque es en la sombra donde su acción resulta más eficaz para apartar al hombre de la esperanza de amar y de gozar de la misericordia de Dios; tanto es así que, si consideramos su acción extraordinaria, cuando por el ministerio del exorcistado se le obliga a manifestarse y decir su nombre, comienza a perder su poder sobre la persona poseída. Quien lo niega o remite su actuación a un mal impersonal, por consiguiente, le está haciendo un favor. No está de sobra conocerlo y, menos aún, conocer sus modos de actuación con el fin de procurar una prevención contra él. Dicho esto, y puesto que la ignorancia, pese a lo que alguno le gustaría creer, no protege, al diablo se le ha de conocer lo justo, ya que un exceso de conocimiento sobre el mismo podría llevar a algún tipo de identificación.
En razón de que dan la batalla cara a cara, entre quienes mejor conocen al diablo se encuentran aquellos que ejercen el ministerio del exorcistado. Conocido es el padre Gabriele Amorth, exorcista de la diócesis de Roma hasta su reciente fallecimiento, quien ha divulgado en numerosos libros su experiencia directa en la lucha contra Satanás. La misericordia vencerá al diablo (Seremos juzgados por el amor), el libro que traigo a colación, lo escribió, según refiere en la breve Introducción que le pone a su inicio, durante el Jubileo extraordinario de la Misericordia convocado por el papa Francisco. Su material base lo constituyen las columnas publicadas en la revista Credere, desde abril de 2013 hasta agosto de 2014, cuyo título genérico era el de Diálogos sobre el más allá. Advierte el padre Amorth que este material ha sido reformado hasta cierto punto y ampliado, con el fin de verterlo en formato de libro, para lo cual ha sido inestimable la ayuda del padre Stefano Stimamiglio. El libro tiene por objetivo llegar al gran público evitando cualquier requiebro con el sensacionalismo; por eso su lenguaje es sencillo, aunque, como señala el autor, no simplista. Los temas concernientes a las verdades de fe que en él se consideran así como el referente a la acción extraordinaria del diablo, eje del libro, son tratados con absoluto rigor. Parafraseando a Ortega, tengo para mí que cuando, por una gran capacidad de síntesis, la sencillez se acompaña de profundidad, siempre es producto de alguna suerte de cortesía.

En el inicio de La misericordia vencerá al diablo (Seremos juzgados por el amor), el padre Amorth precisa su contenido:
 
Partiendo de una catequesis general acerca de la victoria de Cristo sobre el pecado, trataré de forma secuencial la doctrina católica sobre los ángeles caídos, los fundamentos del satanismo y sus innumerables manifestaciones de culto, las consecuencias espirituales que pueden derivar de ella, los remedios, y concluiré con algunas nociones fundamentales de escatología cristiana que, en un itinerario que parte del sacrificio de Cristo, pasando por la oscura acción de Satanás, regresa al sacrificio de Cristo con su resultado salvífico, que quiere ofrecer motivos de esperanza para todos, pero especialmente para aquellas personas que sufren las fuertes consecuencias de los males maléficos, a las que siento como amigas y compañeras de camino.

El mensaje fundamental del libro es de esperanza: la misericordia de Dios en la persona de Cristo ha triunfado sobre Satanás; su plato fuerte, sin embargo, consiste en poner de relieve la conexión que hay entre el aumento de las prácticas satánicas con el aumento, a su vez, de los males maléficos. Clasificados éstos de mayor a menor gravedad, son: la posesión, la vejación, la obsesión y la infestación.
La posesión diabólica es la influencia invencible del demonio mediante la cual toma posesión del cuerpo, o partes del cuerpo —nunca del alma, pues cuando esto ocurre cabría hablar más bien de venta del alma mediante un pacto de sangre—, de una persona para decir y hacer lo que quiere. Cuando se manifiesta, el poseso entra en trance y pierde la consciencia de sí, dando paso a la actuación del espíritu malvado, que utiliza su cuerpo para hablar, agitarse, blasfemar, vomitar clavos, vidrios u otros objetos, a veces también para manifestar una fuerza hercúlea.
Una persona puede ser poseída por un demonio o por una multiplicidad de demonios; así, no resulta extraño el caso de que, a lo largo de un exorcismo, preguntado por su nombre, el demonio responda que se llama Legión —en el evangelio de san Marcos, p. ej., Jesús se enfrenta con un endemoniado poseído por una legión de demonios (Mc 5, 1-20)—; tal nombre se debe a que entre los demonios existe una jerarquía según el poder que ostentan. Al aplicarle el exorcismo a una persona, los primeros que comienzan a salir son los más débiles.
Aunque son raros los casos de verdadera posesión, como dice el padre Amorth, el demonio no tiene en cuenta la cara de nadie, por lo que, en principio, cualquier persona puede ser víctima de ella. ¿Cómo descubrir entonces que una persona está poseída? En primerísimo lugar por la aversión que siente hacia lo sagrado, sean santuarios, procesiones, celebraciones eucarísticas, etcétera; si el demonio ha estado larvado en la persona durante un tiempo, ante el poder de Dios, suele irrumpir de forma espasmódica. Otras veces lo que hace saltar las alarmas son las perturbaciones físicas que los médicos no logran explicar; de modo especial el demonio produce dolores de estómago, de garganta o de cabeza, y la persona poseída desarrolla una aspereza de carácter que no puede dominar, un odio que le asalta en los momentos más inapropiados y sin razón aparente, hasta el punto de que se hace muy difícil la convivencia con ella.

La vejación diabólica es la agresión, física o psíquica, que el demonio lanza contra una persona. En el mundo espiritual no hay ningún caso igual a otro, por lo que la casuística suele ser muy variada. Las agresiones físicas pueden ser leves, como rasguños, quemaduras o contusiones, pero en los casos graves pueden llegar a fracturas óseas o al desarrollo de patologías que producen dolor sin signos que se hagan evidentes en una exploración profunda. No pocas veces, incide el padre Amorth, la vejación se asocia con la posesión y la obsesión; esta es la razón por la cual, si se obtiene la curación espiritual de un mal maléfico, repercute en el restablecimiento de la salud física. El evangelio proporciona ejemplos de tales curaciones cuando Jesús sana a un endemoniado (Mt 9, 32-34) o cuando sana al ciego y mudo, también endemoniado (Mt 12, 22-24). Interesante sería resaltar que las vejaciones también pueden afectar al ámbito onírico. Sucede entonces que la persona es presa de terribles pesadillas, en las que se cometen actos malvados y se blasfema y maldice a Dios. En los casos de las vejaciones oníricas se encuentra la frontera con la obsesión.
La obsesión diabólica  es la agresión espiritual por la cual el demonio produce en la mente de la víctima pensamientos o alucinaciones fortísimas, a menudo insuperables. En estos casos, la persona está sometida a una fuerza mental poderosa que crea en ella pensamientos repetitivos, obsesivos, superiores a su capacidad de resistirlos. Los objetos de las alucinaciones suelen ser visiones de figuras monstruosas, de animales horribles, de diablos, o voces o susurros de personajes oscuros. Pueden consistir en un impulso a hacer el mal a los demás, a cometer profanaciones o, en el extremo, incitar al suicidio; en las personas jóvenes pueden inspirar confusiones acerca de la propia identidad de género.
La obsesión diabólica no suele desactivar por completo la mente y la voluntad de la persona —algo que sí ocurre en los casos de posesión—; aun así, produce una inmensa tristeza y desesperación en la víctima.
Interesante resulta destacar que las perturbaciones que produce la obsesión diabólica son muy parecidas a las patologías de tipo mental. El discernimiento, por tanto, se hace especialmente necesario. El padre Amorth es partidario de recabar la ayuda de un psiquiatra dado que el morbo puede ser debido en muchas ocasiones a causas naturales; sin embargo, considerado lo precedente, también señala que no pocas veces una patología demoníaca tiene repercusiones psiquiátricas. Ante el dilema, el padre Amorth aboga por una cooperación entre exorcista y psiquiatra. 
  
La infestación diabólica es un tipo de perturbación en la cual la acción diabólica no influye tanto en las personas como en los objetos o animales; dicho lo cual, no producen menos sufrimiento que los anteriores males maléficos, pues las personas son las verdaderas destinatarias del mal. Concreta el padre Amorth que la infestación de la casa en particular, comúnmente llamada poltergeist, provoca grandes sufrimientos y a veces daños económicos ingentes a quien la sufre. En estos casos la casuística es muy variada: pueden romperse aparatos eléctricos, automóviles, calderas; se encienden o apagan luces, aparatos de televisión, ordenadores; golpean puertas o ventanas, de día o de noche; se oyen pasos, voces, gritos misteriosos, golpes en las paredes; aparecen intensos olores desagradables, o invasiones de insectos del tipo de los saltamontes o de las hormigas.
Hay que valorar, piensa el padre Amorth, si estos fenómenos pueden atribuirse a causas naturales concretas y verificables o no. Si en el pasado se realizaron sesiones espiritistas, ritos mágicos, reuniones de sectas satánicas o cosas similares es posible que la casa quedara contaminada. Es recomendable, si no se detecta causa natural que produzca estos fenómenos, bendecir la casa o ciertos objetos, también realizar exorcismos locales. En los peores casos, refiere el autor, ha tenido que aconsejar a las personas afectadas que se mudaran de casa. Si estos fenómenos han proseguido en la nueva vivienda, lo más probable es que fueran debidos a una vejación personal.
¿Cómo se contraen los males espirituales? Dice el padre Amorth que de dos maneras: 1) por voluntad de la persona, y en este caso hay culpabilidad en ella; 2) de forma involuntaria, y en este caso no existe culpabilidad alguna en la persona. Apoyado en su experiencia, el autor calcula que sólo un 10% de los males maléficos son de alguna manera imputables a la persona que los sufre; el otro 90% se deben generalmente a maleficios que caen sobre la persona sin que ella sea consciente de que los sufre.
De forma inocente, o no tan inocente, ciertas personas se han acercado a las prácticas satánicas sin ponderar suficientemente el peligro que corrían; otras, han jugado con el espiritismo; otras, para resolver un problema personal, laboral o afectivo, han buscado la consulta de los magos; otras, por el contrario, han perseverado en el pecado y en el vicio de forma pertinaz y con la convicción de vivir una vida contraria al amor. Estos motivos de exposición al mal pueden desencadenar los males de tipo espiritual, aunque, precisa el padre Amorth, no necesariamente. Dicho lo cual, lanza una pregunta interesante: ¿qué necesidad hay de exponerse al mal?

Constatado que la atmósfera actual del Occidente civilizado no es tan diferente a la de ciertas zonas de África o Sudamérica en lo que se refiere a la existencia de una mentalidad mágica —azuzada por el poder de la técnica que acostumbra a pensar que la resolución de cualquier problema se consigue de forma rápida pulsando un determinado botón—, viene a convenir el padre Amorth que la mayoría de los males espirituales que actualmente asolan a Europa se deben a los maleficios. Los maleficios derivados de las prácticas mágicas  son muy variados —encantamientos, hechizos, mal de ojo, maldiciones, ataduras, sortilegios, todos ellos ya condenados en el Antiguo Testamento—, y, según la pericia del mago que los realiza, pueden tener un mayor o menor efecto; con ellos se trata de dañar a alguien mediante la acción oculta de las fuerzas demoníacas sirviéndose de un ritual apropiado.
Para que el maleficio se lleve a cabo, hacen falta tres imprescindibles: un mago, una persona que lo encargue y un objeto sobre el que se realiza el rito. El mago puede actuar sobre el objeto según los prenotandos de la magia homeopática o simpatética (J. G. Frazer estudiaba estos tipos de magia en su obra La rama dorada), pero siempre sirviéndose de un conjuro por el que coacciona al espíritu inmundo a hacer el mal a la persona indicada.
Aunque por fortuna no siempre los maleficios consiguen su objetivo, otras veces dan en el blanco y producen los diferentes males maléficos. Se pueden lanzar para que afecten a una persona en cualquier momento de su vida, y no es raro que sobrevengan cuando esa persona ha ingerido cierto tipo de comidas o bebidas preparadas ad hoc para inferirle el mal. Es importante, para que la persona que los sufre pueda liberarse de ellos, conocer la fecha y el lugar en que fueron realizados, quién mandó realizarlos, dónde se encuentra el objeto por mediación del cual se hicieron y, si el posible, el mago que los llevo a cabo. Generalmente es durante un exorcismo, tras conminar al diablo a responder por el poder de Dios, cuando se obtienen las respuestas a las cuestiones anteriores. Una vez que se ha encontrado el objeto por el cual se ha mediatizado el mal, es necesario quemarlo para desactivar su influencia; eso sí, hay que hacerlo con la precaución oportuna, en estado de oración y encomendándose a Jesucristo, para evitar un efecto rebote.   
El mejor antídoto contra los males maléficos, sea para prevenirlos, o, si ya están actuando, para procurar su cura, son la oración, una vida de fe y la frecuentación de los sacramentos. No siempre es necesaria la presencia de un exorcista, aunque sí en los casos más graves cuando fallan otros medios de lucha espiritual. Para que el exorcismo sea eficaz hace falta que la persona que sufre el mal voluntariamente quiera ser exorcistada, haya perdonado a quien le infligió el mal —ciertamente, reconoce el padre Amorth, que otorgar tal perdón es muy difícil pero absolutamente necesario— y esté en gracia de Dios, esto es, haya confesado y comulgado debidamente. La curación, sin embargo, puede sobrevenir en pocas sesiones o durar años; en este sentido, el padre Amorth hace un alegato, por un lado, a la humildad que siempre se ha de mantener, por otro, al desconocimiento de los designios de Dios. En última instancia quien libera es el Espíritu Santo.

Jesús otorgó el poder de expulsar demonios en su nombre primeramente a los doce apóstoles (Lc 9, 1) y después a los setenta y dos discípulos (Lc 10, 1). Razona el padre Amorth que este hecho indica que quiso extenderlo a todo aquel que cree en él.
Entendido que el ministerio del exorcistado, por ser una oración oficial y pública de la Iglesia para liberar de las influencias del maligno, implica directamente a la autoridad eclesiástica en cuanto que corresponde al obispo de una diócesis otorgar la licencia correspondiente para ejercerlo, el padre Amorth, antes de su fallecimiento, elevó tres ruegos al papa Francisco. En síntesis son:
Primero, que cada diócesis tenga obligatoriamente por lo menos un exorcista.
Segundo, que en los seminarios se vuelva a estudiar angelología y demonología, y que los candidatos al sacerdocio asistan, en la proximidad de su ordenación, por lo menos a un exorcismo.
Tercero, que se extienda el ministerio del exorcistado a todos los sacerdotes sin autorización particular ninguna, dejando a cada uno la libertad de ejercerlo.

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                                   Jesús Cánovas Martínez©  

domingo, 27 de noviembre de 2016

EQUIPAJE LIGERO

EQUIPAJE LIGERO
FRANCISCO JAVIER ILLÁN VIVAS
ADIH. POESÍA




Tengo para mí, y así lo he expresado en otras ocasiones, que la palabra poética no se tasa por su cantidad o verborrea, sino por su intensidad, por su exactitud, por la preñez de su significado y, consiguientemente, por los ámbitos de sugerencias que abre; esta palabra alude a significaciones entrevistas, nuevas, descubiertas en un decir que no dice porque sencillamente sería imposible decir aquello que no se nombra, aunque se muestra en la misma conmoción que produce, sea ésta intelectual o emocional.
Conozco un grupo selecto de poetas que cultivan no el poema breve, sino el poema brevísimo, donde la elipsis campea como figura retórica preeminente; por esta razón, al carácter eminentemente evocativo de sus poemas, se les suma el aroma de la extraña emoción que en ellos se dibuja y desdibuja, se vela y desvela de forma tan tenue como intensa. En el extremo, sus poemas se parecen a un Kōan zen, un problema irresoluble a la vez que acuciante, en el cual el lector se ve involucrado e instado a conferirle sentido; así, por la elipsis al lector se le hace partícipe de la indagación a que remiten y, en última instancia, a la captación de la realidad —o trasfondo de realidad—, sutil y tránsfuga, que elude la palabra con la que han sido escritos. Lo hizo Bashō, quizá el ejemplo que todos tengamos en mente, desde un  tiempo y espacio cultural diferente al nuestro, cuando concretó la maravilla del haiku. Pero hoy nuevos poetas siguen transitando por el difícil equilibrio donde un breve trazo capta el aroma perdido de unas rosas. 
Entre los poetas que trazan poemas intensos de sugerente aroma se encuentra Francisco Javier Illán Vivas; aparecen a lo largo de sus libros, pero se revelan especialmente en este Equipaje ligero, todo él denso de pulsión o anhelo. ¿Ligero? Ligero de palabras y juegos malabares superfluos, pues los poemas que lo componen —desnudos, minimalistas— procuran ir directos a la esencialidad. ¿Equipaje? Sí, pues invita al viaje, a un viaje ligero de equipaje en el que el tiempo adquiere un sesgo de recuerdo y de nostalgia, de premonición o presagio. Francisco Javier Illán se vuelve adolescente y se enamora del amor, busca a la amada sin nombre, la amada como sueño evanescente o de velada presencia; la busca con fiebre, casi con delirio, porque sus manos alzadas asen un fantasma intangible que no termina de adquirir forma, y transita, y pasa, y termina por disolverse. Tal fondo de esperanza frustrada (Mi voz/ es un lamento,/tristeza muda) se imbrica con el vuelo de la ligereza —ya lo preludia la resonancia machadiana del título— y se muestra en unos poemas ligeros que se suceden sin nombre, sin número, sin índice que los identifique, solamente se suceden como palabra viva en el tiempo, leves, procurando tan sólo un hilo de continuidad en la delgadez de la consciencia, palabras que pasan, soplos que al final se obnubilan y desvanecen al igual que se desvanece la amada perseguida:

Llamar,
y no ser oído
no me falta amor que dar
sino corazón donde dejarlo.


Nihil novum sub sole, nos recuerda el autor en unas palabras que pone al inicio de su poemario. Efectivamente es así; el sentimiento o la emoción son universales y el poeta que los vivencia tan sólo puede indagar en la expresión de los mismos; ahora bien, solamente se encuentra lo que previamente ha sido hallado, como hallado fue por Goethe el lugar íntimo donde se aúnan poesía y música. Francisco Javier es heredero de tal poética que podríamos calificar de musical. Ya la exploraba en un poemario anterior, A mi manera, en donde la música, acompañando los estados de ánimo del poeta, transitaba por las diferentes estancias del poemario a modo de imprescindible sosias. Equipaje ligero, sin embargo, todo él se volverá vuelo, pues la música formará textura con la palabra; de este modo, si el poema breve es propenso a cargarse de musicalidad, los poemas de Equipaje ligero, por su ligereza, se cargarán de una especial música. Dos audiciones, nos refiere Francisco Javier Illán, distantes en el tiempo que marcan los calendarios aunque no en el tiempo del sentido y la intensidad, constituyeron el detonante de su escritura, hasta el punto de que, por tal circunstancia, se convierten en los mejores indicadores del poemario: El Mensajero de Valentín Silvéstrov y el Preludio nº 15 de Chopin. Son guías de lectura, a las que tendremos que añadir, según la recomendación del autor, los Cantos nocturnos del caminante de Schubert. ¿La música precede o antecede al poemario? La música va con él, el poemario se resuelve en música; las palabras sucesivas concatenan un poema con otro hasta dar la impresión de formar un mismo acorde que, dependiendo del poema, eleva o abaja alguna nota:

Una nota musical
pasos alejándose
no mira atrás,
sólo se lleva
esa nota musical.

 Si nos detenemos en el poema citado comprobaremos que hay en él una suerte de asintaxis con la cual el autor deja abierto el horizonte de sentido. De igual modo sucede con muchos de los poemas del libro. Pienso que son anacolutos buscados para producir, por su ambigüedad, un impacto en la consciencia del lector, abrirla a una preñez de significaciones, y, en última instancia, producir en ella la misma conmoción que el poeta sintió al escribir el poema, porque la palabra verdaderamente poética no puede dejar de producir una profunda conmoción en aquel que tiene la suficiente capacidad —el alma ensanchada— para recibirla. Vengamos a otro ejemplo:

La puerta
es la última
palpo trémulo
buscando el pomo
pero su helor
no se presenta.

La ausencia de comas o puntos incide en la ambigüedad del poema. Podríamos invertir el orden de los versos y pensar que el poeta se halla ante una última puerta y palpa para encontrar su pomo. Pero se acumulan las preguntas: ¿debemos suponer que el poeta anda en la oscuridad? Quizá sí, porque palpa trémulo. Y ese palpar trémulo, ¿no es indicativo de que se encuentra en un estado alterado de temor, terror o suprema angustia?  Dicho lo cual, ¿qué estancias recorre el poeta?, ¿y dónde se halla esta última puerta, dentro o fuera de él? ¿Vivencia el poeta una realidad infernal o, sin embargo, recorre un sueño del que no termina de despertar? ¿Qué pretende, entrar o salir? Por otro lado, ¿el helor que no se presenta se encontrará detrás de la puerta o es el que le produciría el tacto del pomo? ¿Por qué pretende abrirla? La puerta es símbolo de límite, de frontera, pero ¿qué limita o separa realmente? En otro orden de cosas, el helor puede remitir al mismo estado emocional del poeta, ¿pero hará alusión también a alguna presencia entrevista o soñada en cuanto ella misma es helor y lo produce en su ánimo? Si el helor remite a terror, o, por lo menos, a una inminencia no tranquilizadora, ¿acaso no por eso el poeta no desea el encuentro con ella? Así podríamos multiplicar las preguntas.

Encontraremos amor y encontraremos noche en el poemario. Todo él camino y pasión, incidirá en anhelo de luz, en anhelo de presencia de amor; pero la completud del amor, la revelación de la amada, quedará diferida continuamente, soñada tan sólo, inaprensible, y, sin embargo, no dejará de ser el impulso para el caminar del poeta en la noche, en su noche urgente de amor. Sea:

Una luz
en el horizonte
tus ojos.

O también:

Tu voz, fénix,
arde en mí
redime
me salva.

Posee el libro algo de testamentario, algo de rúbrica al final de un documento o de la vida; que sea reflejo de una experiencia vivida o soñada daría igual: el poeta termina por despertar y remite al mundo de lo posible la presencia/ausencia de amor que tanto le ha perturbado. Quedará constado el desvanecimiento de la ilusión, las preguntas intensas y el aliento, tantas veces, de una esperanza en escorzo, fugitiva, de múltiples aleteos: el élan que lo animaba topará de bruces con los contornos de la realidad inapelable, y el sueño, como la noche y la misma oscuridad, finalizarán. Francisco Javier Illán en un casi último poema de Equipaje ligero otorga una de las claves del poemario:

Fuiste concebida en otro mundo,
y lo que hoy veo
es un pálido reflejo,
tan sólo eso, un pálido reflejo.

                                              
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                                               Jesús Cánovas Martínez©

viernes, 18 de noviembre de 2016

CON MI RECONOCIMIENTO

Queridos amigos: Iba a introducir este poema con su pertinente glosa, pero después he pensado que, a pesar de lo mal que está escrito —¡qué tipo de bodrios pude producir cuando intenté acercarme a la poesía social y sus secuelas!—, su fondo es elocuente por sí mismo y no necesita de mayores comentarios, salvo quizá el de dejar claro que sentir desprecio por quien no se tiene aprecio no constituye mayor falta, máxime si ha dado sobrados motivos para ello.
El tiempo tiene algo de ilusorio y de ficticio; los esquemas, por consiguiente, se repiten de manera cansina hoy tanto como ayer. Tal consideración la tengo entendida y ganada en mi haber, y así puedo decir que siempre que he ido a un nuevo ambiente he procurado (indudablemente, también por timidez) mantenerme en mi sitio, pero, oye, de alguna manera u otra ha salido el Miguel Cagarrutio de turno que ha jodido la cosa. El poema que os propongo, cuando llego a la mayoría de edad o eso espero, hace alusión al tema, y en él se expresa el reconocimiento debido a tantos y tantos individuos forjadores de mi carácter. Escrito hace ya un tiempo y publicado en los 3 Encuentros con la Poesía (Ciudad de Águilas) —encuentros y libro, por cierto, que tuve el honor, junto con mi buen amigo Pedro Javier Martínez, de coordinar y compilar—, supongo que llegó al público al que puede llegar una tirada de mil ejemplares. Andábamos por el año 1999. Hoy en día sigue vigente (al último Cagarrutio se le ha ido un tanto la mano); así que, disponiendo de un medio del que no se disponía hasta hace muy poco, lo doy a las redes y caminos de Internet. Que circule.




CON MI RECONOCIMIENTO
(ENSAYOS DE POESÍA SOCIAL)

                               De tus mismas palabras nacerá tu enemigo.
                               Todo tiene su dorso, su revés, su mentira.

                                                      José Moreno Villa.


Observado de cerca, a ver cómo me muevo,
qué digo, con quién me junto o alío,
no he de escatimar mis repartidas gracias,
mi sabroso gesto, mi desencanto, mi hastío
a ésos
cuyo escupitajo chorrea la mentira.
Han dictado sentencia: “¡A ése, que lo aparten! ¡Por indeseable, qué lo aparten!”,
y zarandean el cascabel hiriente, la lengua bífida,
su ojo de carmín y sangre inyectado.
Sembrado han de sal el campo y las fuentes
cristalinas de veneno,
para que habite la muerte, tan sólo
la muerte… la muerte…

Tengo que reconocerlo,
y les voy… mejor, os voy a dar una alegría,
emboscados amigos exquisitos
—disculpad por este nuevo tono confidencial que adopto,
pero así os siento más cerca, a vosotros, reconocidos—:
habéis tirado la piedra y las ondas
reverberan en el estanque, múltiples, ligeras,
mas irreparables y sin remedio.
Tan primoroso desvelo puesto en la difamación
y la calumnia,
ha dado su fruto.
Quedo yo así
aislado como indeseable, como apestado,
envuelto en lepra o heces o podredumbre… signado, mendigo a la puerta
de quien todo el mundo tiene derecho a hablar y opinar,
todo el derecho a decirlo todo;
y donde no los hubo se levantan ahora
obstáculos y barreras, fosos, y los espinos
se erizan.
Habéis vendido mi honra,
traicionado mi respeto,
ultrajado mi nombre,
pateado en gratuidad mi vida
y, si algún favor os hice, onerosamente pagado
lo habéis.
¡Estad contentos!

Ahora, cercado de noche,
 ahora que a los míos también les salpica, les allega el estigma y los colma
la burla, la risa… ahora…
—perdonadme—, ahora…
pienso inútilmente repetido
que ni comimos ni estudiamos juntos.
¿De qué me conocíais?… ¿Algo os debía?…
¿Qué grave error de tacto
o tino cometí?…
Os inferí, ¿qué tipo de ofensa o descortesía?…
¿De qué era sospechoso?…
¡Decidme, vosotros!

Mas ya no espero explicaciones;
vano, por tanto, sería mi lamento:
de haberos antes reconocido,
tal vez… Pero, no;
tras rápida reflexión entiendo
que sois de esa canalla que crucifica al inocente
y de beber da cicuta al sabio.
Por tanto, a pesar vuestro, me dignificáis.
Porque en una cosa habéis acertado:
no soy como vosotros.
Así que me engrandecéis, os lo repito,
aunque tampoco os lo agradezco.
De vosotros, nada;
ni siquiera ese elogio indirecto
que al parecer se os escapa.

Zafarme de vuestro raposo trato he de agradecer,
al fin ha sido un alivio.
La baba lastimosa que os pende
intacto ha dejado lo esencial,
y os desprecio.
Os despreciaré ahora y siempre.

Con mi reconocimiento.



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                               Jesús Cánovas Martínez@ 

lunes, 14 de noviembre de 2016

MI ENCUENTRO CON EL DIABLO

MI ENCUENTRO CON EL DIABLO
Padre Amorth
Ediciones San Pablo



El 16 de septiembre del año en curso, a la edad de 91 años, pasó a mejor gloria Gabriele Amorth, un soldado de primera línea de las milicias de Cristo. Traer aquí la semblanza del conocido exorcista de la diócesis de Roma sería redundante, por lo que me limito a realizar un breve comentario sobre uno de sus últimos libros, Mi encuentro con el diablo, fruto de una entrevista concedida (posiblemente la más larga de todas ellas) al padre Slawomir Sznurkowski.
El leitmotiv del libro, el cual se va repitiendo a lo largo de sus páginas, parece ser el siguiente: La ausencia de Dios en nuestra sociedad la llena el diablo, así, y de forma paralela, cuando decrece la influencia divina, crece la influencia del diablo. No hay términos medios, pues: o Dios o el diablo, y, según los signos, parece que el diablo gana la batalla en nuestro mundo occidental, por lo menos aparentemente. Tal situación es la culminación de un proceso que viene de atrás. Por un lado, al triunfo del laicismo que, desde posturas racionalistas e ilustradas, sale de los ámbitos universitarios y se extiende a grandes masas de población, se le suma el hiperanticlericalismo propiciado por el comunismo; de este modo se desplaza a Dios y, en el mejor de los casos, hace que la religión y la Iglesia sean vistas como antiguallas capaces de frenar el progreso. Este ambiente de laicismo, auspiciado en gran medida por los medios de comunicación de masas, se infiltra hasta tal modo en la consciencia de los cristianos en general, y de los católicos en particular, que los lleva a sentir miedo de confesar públicamente su fe; de aquí la paradoja de que algunos católicos sean partidarios del aborto o la eutanasia y caigan en falacias fácilmente desmontables, sea en cuanto al tema del divorcio (El divorcio no es una obligación; si estás en contra, no lo haces. Pero, ¿por qué estás en contra de mí que lo quiero hacer? Por tanto, debes respetar mi libertad si yo deseo hacerlo, y tú vives de todos modos según tú conciencia.), el aborto (Para nada es obligatorio el aborto. Si estás en contra, no lo haces. Pero, ¿por qué has de prohibirme a mí hacerlo?) o la fundamentalidad de la Iglesia (Yo creo en Dios, pero no creo en la Iglesia). Pero hay más: a la falta de coraje del católico se añade el mal ejemplo de ciertos eclesiásticos, algunos de ellos de una alta jerarquía, hasta el punto de que, viene a convenir el padre Amorth, citando un viejo proverbio budista, hace más ruido el árbol que cae que el bosque que crece. Todo lo cual aboca a que en la Europa actual, citando a san Juan Pablo II, impere una civilización de la muerte, y no una civilización del amor como sería lo deseable. En definitiva, el olvido de Dios conlleva que Satanás y sus acólitos ganen ámbitos mayores de influencia; si Dios se olvida, se ignoran sus leyes, siendo así que aparecen las leyes del diablo seguidas por todos los satanistas, que se pueden condensar en tres: 1) Haz todo lo que quieras, 2) Nadie tiene derecho a mandarte nada, 3) Tú eres el dios de ti mismo.

Los ángeles fueron creados espíritus puros, inteligentísimos, esplendorosos, felices, pero sometidos a la prueba de la soberbia algunos de ellos se rebelaron contra Dios de forma voluntaria y plenamente conscientes de las consecuencias de su rebelión. Así pasaron a convertirse en enemigos de Dios. Dios no creó nada que fuera malo, pero por la soberbia del ángel apareció otro estado de vida alejado de Dios y contrario a Dios: el infierno. Es el reino del odio, pues los ángeles rebeldes odian a Dios y se odian también entre ellos; el temor y el sufrimiento se añaden a tal estado y el signo que lo identifica es la blasfemia. Así, pues, Satanás y los suyos, primero odian a Dios y, ese odio que sienten por Dios, después lo extienden a sus criaturas, especialmente al hombre, al que no sólo odian sino también envidian. El hombre, aun creado un poco inferior a los ángeles como dice el Salmo 8, por la encarnación de Jesucristo, está llamado a la visión de Dios. Esto justamente es lo que no toleran los demonios, por eso el hombre se encontrará con un formidable enemigo que intentará por todos los medios seducirlo para hacer fracasar el plan de Dios. Satanás es mentiroso y homicida desde el principio, y ya en el mismo albor de la humanidad hizo caer a nuestros primeros padres del Paraíso. Desde ese momento su influencia es multiplicativa y el padre Amorth señala que no hay ámbito de la vida humana en el que no se encuentre.
¿Cuál es la estrategia del diablo para apartar al hombre de Dios? Es monótona, siempre utiliza el mismo sistema, copia de su rebelión a la vez que de la tentación que sufrieron Adán y Eva. Primero desautoriza a Dios: lo que Dios dice no es verdad; luego hace aparecer el mal como bien e incita a la comisión del pecado. El hombre, como ser que ha sido creado libre, podría rechazar la influencia del maligno, pero lo triste es comprobar cuán fácilmente cae en la tentación. Es que el demonio susurra débilmente al oído, imperceptiblemente seduce y, en el extremo, es capaz de manifestarse como ángel de luz. Eso en un inicio; más tarde llegará el desquiciamiento del límite humano, la bestialidad absoluta, la increíble maldad. Cualquier cosa da igual, ¡qué diferencia hay entre matar una mosca o matar al padre! Sin embargo, bajo ninguna circunstancia se puede justificar el crimen; el aborto es un asesinato y una sexualidad libre que se pretende exonerada de culpa es pecado. La ley de Dios está puesta para que se cumpla y es benéfica para el ser humano; a la postre, la locura del mal no  pude llevar sino a la destrucción, la falta contra Dios cae sobre quien la propicia. En este sentido, recuerda el padre Amorth que hoy en día, sometidos los hombres a la prueba de fidelidad a Dios, se discierne claramente entre quien cree en Dios y es fiel a Dios y quien no cree en Dios y no es fiel a Dios, y cómo las personas que se confiesan ateas están más expuestas a las asechanzas del maligno.   
La situación actual en Europa es de derrumbe de la fe, y es terrible; aun así, volviendo al dicho budista antes citado: ¿sigue creciendo el bosque? Para el padre Amorth, sí: el bosque crece silenciosamente y hay razones para la esperanza. Dios es más fuerte que el mal, y con su fuerza, se puede detener el actual diluvio del mal. Si la vieja Europa ha sido ganada por el laicismo y, consiguientemente, en ella se detecta el crecimiento de la influencia del mal, no ocurre así en las naciones de otros ámbitos geográficos; allí, gracias al trabajo silencioso de muchos misioneros crece el número de cristianos, sea en África o, incluso, en multitud de países árabes. Tanto es así que el padre Amorth sostiene que el siglo XX es el siglo que más santos ha dado, amén de mártires; santos y mártires que los medios de comunicación omiten publicitar interesados en otro tipo de noticias. Por otra parte, si son muchos los que, apoyándose en los árboles que caen, critican la Iglesia, sin embargo, instituida ésta por Jesucristo, se apuntala y prosigue con su misión evangelizadora. Señala el padre Amorth que a partir de Pablo VI se han sucedido una serie de papas viajeros, auténticos catalizadores de grandes masas de población. Si el mal abunda, por lo mismo habrá que concluir, parafraseando a san Pablo, que sobreabunda la gracia.


¿De dónde venimos? De Jesucristo. ¿Hacia dónde vamos, cuál es nuestro fin? Jesucristo. Así se expresa en el prólogo del Evangelio de san Juan o en las Epístolas de san Pablo de Colosenses (1, 15-20) o Tesalonicenses (II, 1, 6-12). En medio de tal principio y tal final se sitúa la vida terrena, campo de la acción moral, donde se decide nuestro futuro en función de la elección tomada. Porque nuestro destino es Dios, pero podría frustrarse. Compete a nosotros mismos, por ser seres dotados de libertad, la posibilidad de dicho desenlace. Aquí está el sentido de la vida humana. Una persona que, aun llevando una existencia anodina, logré salvarse, ha coronado su vida con éxito; una persona que, aun consiguiendo el favor mundano, se condena, ha fracasado de forma estrepitosa.
En un mundo de increencia donde la ausencia de Dios se suple con ídolos, la acción del diablo se intensifica. De manera ordinaria, su acción se concreta en la tentación; de forma extraordinaria, en la infestación, vejación o posesión. Estos últimos casos van en aumento debido principalmente a la voluntad de la persona implicada o a la voluntad de otros. Si la persona frecuenta por voluntad propia ciertos ambientes perniciosos (sesiones de espiritismo, ingreso en sectas satánicas, consultas a magos y hechiceros), está comprando boletos de una lotería en la que puede salir altamente perjudicada; aun así, no siempre cabe imputar a la persona la causa de su desgracia, hasta el punto de que una gran mayoría de casos de vejación o posesión se deben a los maleficios propiciados por la voluntad de otros. Dedica el padre Amorth una gran cantidad de páginas al tema del maleficio donde lo analiza y da las pistas para neutralizarlo con una serie de ejemplos; finalmente critica que el Nuevo Ritual de Exorcismos (finalmente retirado) no contemple la posibilidad de exorcizar a una persona en el caso de que lo sufra.
Otro tema interesante sería el de distinguir la posesión de una enfermedad psíquica. Ya lo decía el padre Amorth en su primer libro, Habla un exorcista, (comentado en este blog:
 y, según sus propias palabras, el abecé sobre el tema de la posesión), un exorcismo de más o innecesario no hace daño a nadie, por lo que en caso de duda se ha de aplicar a la persona sospechosa de posesión diabólica. Es muy importante detectar convenientemente los síntomas, y una primera utilidad del exorcismo es precisamente la de diagnóstico. Aun así, el padre Amorth viene a convenir con un alegato a la humildad y prudencia, ya que el mundo espiritual es muy rico a la vez que poco conocido tanto por los médicos como por los sacerdotes. Cuando la persona sufre, las cosas en la vida (afectos, economía, salud, ganas de vivir) comienzan a irle de mal en peor sin una causa identificable; cuando le acometen ganas de suicidio y un hado funesto se apropia de cuanto hace; cuando no hay mejoría si va a un especialista u otro, a pesar de que toma los medicamentos que le prescriben; cuando en ella aparece una aversión a todo símbolo religioso y se manifiesta una fuerza más allá de las posibilidades humanas, habla lenguas desconocidas y conoce cosas ocultas, son bastantes los puntos que lleva para que su mal lo motiven causas sobrenaturales.


El mal tiene un precio; Jesucristo, con su muerte en la cruz, pagó de una vez por toda la humanidad; ahora bien, la pasividad ante el mal que muchas veces muestra el cristiano hace que el magno sacrificio de Jesucristo no surta un efecto salvífico total con el que se impediría que el reino del mal siga su avance. Invita el padre Amorth a los cristianos, retomando la recomendación de san Juan Pablo II, a no tener miedo, y les propone, frente a un mundo que mira más a la economía que a otras cosas, una triple reivindicación: 1) contra el ambiente socio-cultural de ateísmo, la reivindicación de Dios; 2) contra la laxitud de la vivencia religiosa, una revitalización en la práctica de los sacramentos y un nuevo apostolado; 3) contra la inmoralidad, una denuncia y oposición radical. No es un espíritu de cobardía el que anima al cristiano; en el mundo se está dando una batalla y debe de saber de parte de quién está. A la vigilancia ha de superponer la oración constante, y, por la fe en Jesucristo, ha de procurar la derrota de Satanás y el triunfo de quien provee de todo bien y todo Amor, esto es, de Dios.

                                                          
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                                               Jesús Cánovas Martínez@

domingo, 25 de septiembre de 2016

SOBRE LA DIGNIDAD

SOBRE LA DIGNIDAD




 “… Y, con frecuencia, los amigos del señorito Iván requerían a Paco, el Bajo, para cobrar algún pájaro perdiz alicorto y, en tales casos, se desentendían de las tertulias posbatida y de las disputas con los secretarios vecinos, y se iban tras él, para verle desenvolverse, y, una vez que Paco se veía rodeado de la flor y nata de las escopetas, decía, ufanándose de su papel, ¿dónde pegó el pelotazo, vamos a ver?, y ellos, el Subsecretario, o el Embajador, o el Ministro, aquí tienes la plumas, Paco, y Paco, el Bajo, ¿qué dirección llevaba, vamos a ver?, y el que fuera, la del jaral, Paco, tal que así, sirgada contra el jaral, y Paco, ¿venía sola, apareada o en barra, vamos a ver?, y el que fuera, dos entraban, Paco, ahora que lo dices, la pareja, y el señorito Iván miraba a sus invitados con sorna y señalaba con la barbilla a Paco, el Bajo, como diciendo, ¿qué os decía yo?, y, acto seguido, Paco, el Bajo, se acuclillaba, olfateaba con insistencia el terreno, dos metros alrededor del pelotazo y murmuraba, por aquí se arrancó, y, seguía el rastro durante varios metros…”

Inolvidable texto de la novela “Los santos inocentes” de Miguel Delibes, e inolvidable e impactante escena la de la película homónima de Mario Camus, genialmente interpretada por Alfredo Landa, en el papel de Paco “el Bajo”, y Juan Diego, en el papel del “señorito Iván”, donde el tema de la dignidad de la persona queda planteado con especial crudeza. Delibes, y así lo refleja la película, contrapone de forma brutal, antitética y sin posible solución, dos mundos, el de los señoritos y el de los lacayos; importa poco la calidad moral intrínseca de las personas, éstas son consideradas y obtienen su cualificación por su pertenencia a uno u otro mundo, y esto en razón de su nacimiento. Paco, “el Bajo”, y los suyos descienden a una condición infrahumana, donde su ser de personas les va a ser negado de forma flagrante y ofensiva por el otro grupo, el del señorito Iván y sus afines… A Paco, Régula, su mujer, Nieves, “la niña chica”, Quince, Azarías —inmejorable la interpretación de Paco Rabal—, personaje que representa la inocencia pura, no se les reconoce la dignidad, no se les reconoce su ser como personas; se les infravalora por el contrario, y, en consecuencia, se les humilla. Y esto nos conduce a nuestro tema, ¿qué es la dignidad? O, si se quiere, podríamos proponer otra pregunta: una persona, por el mero hecho de serlo, ¿es digna?, ¿hasta qué punto la dignidad es un atributo esencial de la persona?
Si echamos mano de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, ya en su Preámbulo, el primer “Considerando” nos resulta revelador al establecer lo siguiente: “Considerando que la libertad, la justicia y la paz en el mundo tienen por base el reconocimiento de la dignidad intrínseca y de los derechos iguales e inalienables de todos los miembros de la familia humana…” Tal principio se reafirma de manera contundente en el Artículo 1, al expresar: “Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos y, dotados como están de razón y conciencia, deben comportarse fraternalmente los unos con los otros.” No está demás, dado los tiempos que corren, recordar este tipo de principios y proclamaciones, pues si en algo ha contribuido nuestra civilización occidental al desarrollo moral de la humanidad ha sido con la plasmación de la Carta Magna de los derechos humanos, que no es poco.

Comprobamos que la dignidad aparece en la Declaración como un atributo fundamental de la persona, a la que se le otorga igual status que a la racionalidad o posibilidad de consciencia (rasgos por antonomasia definitorios de lo humano), hasta el punto que no podríamos considerar a nadie persona sino fuera digna. La dignidad, por tanto, no es un adorno a modo de añadido, sino que está de tal forma enraizada en la persona que forma parte de su entramado estructural. Por eso, desde lo antropológico, se puede entender lo social. Así, la dignidad aparece, a su vez, como la posibilidad del ejercicio de la misma libertad, de la justicia y la paz. Y es como si estas tres posibilidades (libertad, justicia y paz) dejaran de dormir en el baúl de las ilusiones y pasaran a ser realidades efectivas en los intercambios de la convivencia, si previamente queda admitido que el ser humano es portador de una dignidad insoslayable; si así no ocurriera, sencillamente no sería posible la tríada enunciada, bien entendido que la libertad en ejercicio, la justicia “de facto” y la paz social se autoimplican mutuamente. Más aún, descansando en la dignidad (en principio, el valor “per se” y la capacidad de merecimiento del ser humano), se sostienen el resto de los derechos y valores de los que éste es portador. Podríamos decir que los hombres somos iguales en derechos porque somos igualmente dignos como personas, y, como somos dignos e iguales, debemos comportarnos como hermanos, de esta manera, bajo la enseña de la fraternidad, puede surgir la paz entre los pueblos. Pero no hay nada nuevo bajo el sol, al fin y al cabo —y sin entrar en otras profundidades— estas consideraciones nos recuerdan la triple divisa de los ilustrados, eje sobre el que gravita la organización de la sociedad civil de nuestro mundo occidental: la Libertad, la Igualdad y la Fraternidad.
Antes de seguir adelante, y puesto que hemos recabado la Declaración de los Derechos Humanos para apoyarnos en nuestra consideración sobre la dignidad humana, deberíamos aclarar las dos acepciones en que se toma ahí la palabra libertad y su consiguiente relación con la dignidad, en el Preámbulo y en el Artículo 1 citados más arriba. El primer “Considerando” toma la palabra libertad en el sentido de “libertad en la polis”, es decir, como la posibilidad de las “libertades externas”, sea en la realización de las elecciones tomadas, o en los ámbitos que, las fomenten o faciliten, se pueden llevar a cabo tales elecciones, las de libre asociación, libertad de prensa, libertad religiosa, libertad política, etc. Sin embargo, la palabra libertad en al Artículo 1 posee un sentido ontológico, alude a un carácter fundamental de la estructura del ser humano, y es entendida, de este modo, como libertad interior, intrínseca, psicológica, como algo íntimo y consustancial a su ser. En esta su segunda acepción la libertad se puede referir a la dignidad como principio de la misma: el hombre no podría ser digno (no podría merecer) si no fuera libre; por lo mismo, también puede ser indigno, si pervierte el uso de la libertad. Pero diciéndolo todo, y cerrando con ello un círculo, para que esta libertad sea efectiva, hay que ejercitarla, lo cual nos remite a su primera acepción. (En un futuro tengo la intención de abordar el tema de la libertad con más detenimiento.)
Habida cuenta de su importancia, volvemos, pues, a nuestra pregunta inicial: ¿qué es la dignidad?, ¿por qué tenemos en tan alta estima nuestra dignidad y estamos pronto a enfadarnos si se nos hiere en tal condición, pues es cierto que nadie quiere ser instrumentalizado en aras de los intereses de otro, ni humillado, ni rebajado, ni sometido a cualquier tipo de escarnio? Kant, en lo referente al tema que estamos tratando, definía al hombre como un “fin en sí mismo”, no como un medio. Pues, bien, en esto mismo consiste la dignidad del ser humano: en la valoración personal, íntima, de su propio ser, en la valoración que merece por el mero hecho de ser persona. El hombre, por su dignidad, posee un rango superior al resto de los seres del mundo, hasta el punto que no se le puede utilizar sin más; es merecedor de respeto, en definitiva, posee un valor.

¿Y qué es tener valor? Poder responder de la propia acción; poder responder de sí mismo. Quien es capaz de dar una respuesta de lo que hace, es libre, y, porque es libre, es responsable; pero cuando se responde de sí, se es digno, pues no responde por otro o desde otro, sino desde sí mismo. Esta reflexión nos lleva a precisar el hecho de que la dignidad no sólo implica la consideración que los otros deben a una persona, sino también la consideración que esa persona se debe a sí misma como fin, como acreedora de valor por el hecho de serlo. ¿En qué sentido? En el sentido que responde de sus actos y de sí mismo; no es otra cosa la responsabilidad. Y, una vez más, aparece la conexión de la dignidad con la libertad.
Sin embargo, al tratar este tema, hablamos también de otro concepto inextricablemente relacionado con el mismo: el de persona. Dignificar, en principio, consiste en tratar a alguien como persona. Ya sabemos que esto implica el respeto que los otros deben a libertad de alguien, y el respeto que cada cual se debe a sí mismo en cuanto ser libre, pero ¿qué es ser persona? Desde su sentido etimológico (“prosopon”, del griego, máscara, o “per-sonare”, del latín, lo que hace sonar), este concepto ha sufrido una serie de mutaciones; así desde una consideración externa, meramente social, se ha deslizado hacia un significado ontológico, fundamental; desde la imagen o rol, papel social que alguien desempeña y por el que se le considera en el teatro del mundo, hasta la designación de su esencia, ser en el que descansan las atribuciones de la racionalidad, la conciencia, la libertad, la dignidad, la identidad, la mismidad de su ser. De este modo, la persona, en la definición clásica de Boecio pasa a considerarse una sustancia individual de naturaleza racional (“naturae rationalis individua substantia”) Es una susbstancia individual, porque no susbsiste por otros, sino por sí misma, por lo que es independiente y autónoma: en ella descansa la posibilidad de la elección de su propia orientación en el mundo, su autorresponsabilidad. Posee, por lo mismo, un carácter de singularidad e irrepetibilidad, de intransferibilidad, como el del carnet de identidad. Y su naturaleza es racional, porque su atribución únicamente queda referida a los seres racionales. Lógicamente, la precisión y análisis de este concepto, nos llevaría a desarrollos más amplios, pero para lo que a nosotros importa basta con lo dicho, pues nos permite entender por qué la dignidad es un atributo esencial de la persona. Y, por lo expuesto, hay un paso a pensar que digno es quien merece ser exaltado, quien tiene un carácter de excelencia, de realce; quien posee decoro, gravedad en su comportamiento, quien ostenta un cargo de especial relevancia.

Que la dignidad personal es el soporte de la ética aparece como indudable si afinamos un poco más nuestro análisis. Si rescatamos los caracteres de libertad y racionalidad de la persona y los relacionamos con la dignidad, vemos que éstos se hacen efectivos cuando la persona pasa a ser dueña de su actuación y orienta su vida en orden a los valores que ha elegido. Por esto mismo los derechos humanos son la explicitación o concreción de la dignidad, hasta el punto que han de constituir los motivos a la vez que finalidades de toda actuación. Dicho claramente: porque es digno, el hombre es acreedor de derechos. Por otra parte, si el ser humano queda constituido por una integración de niveles (físico, psíquico y espiritual), sus derechos deben hacer alusión a estos mismos niveles, en los que se enraízan y fundamentan, y a los que explicitan y permiten su expansión, desenvolvimiento y realización. Como ser vivo, el hombre tiene derecho a la vida, a su integridad física, a disponer de los bienes necesarios para llevar a cabo su existencia. Pero podemos ir ascendiendo en la escala de sus derechos y precisar que también tiene derecho a su seguridad personal, a la inviolabilidad de su intimidad, a un trato respetuoso e igualitario con sus semejantes, al derecho a asociarse, al de recibir educación, al de participación en la vida cultural y cívica. Y también, subiendo otro nivel, el hombre tiene derecho a buscar la verdad, el bien y la belleza; tiene derecho a desarrollar su dimensión espiritual y religiosa. Derechos que así deben, o deberían, recoger las Constituciones de los diversos Estados.
¿Por qué se es digno? ¿En qué se puede fundamentar nuestra dignidad, en qué descansa? ¿De dónde nos viene este carácter, este don? La dignidad se presenta como un hecho, como algo constitutivo de la persona, pero, reitero la pregunta: ¿por qué somos personas?, y, más concretamente, ¿por qué razón somos dignos? Llegamos así a nuestra última reflexión sobre este tema. Considerado el hombre en la soledad de su finitud, resulta un ser patético y sobrecogedor, algo así como el acorde de un violín tristísimo que parte el aire quieto de la noche. Fundamentar en el propio hombre los valores que porta sería enclaustrarlos en la finitud, y, en consecuencia, sería contradictorio seguir manteniendo la universalidad de los mismos; a la postre, por finitos, serían imposibles, un vago sueño de la razón, una vaga ilusión que se desvanece pronta como el humo: nuestros valores, aquello que tenemos en más alta estima, estarían heridos por la muerte, y, la dignidad, como todo aquello que queramos predicar de la persona, serían valores absurdos. Si somos dignos, si de verdad somos dignos, tan sólo puede ser por el hecho de que la dignidad nos trasciende; se arraiga en nosotros, y aun así nos trasciende y convierte, de este modo, en algo absoluto, en algo que vale por sí mismo. En consecuencia: Si un hombre vale por sí mismo, si no es intercambiable por otro, si no se le puede someter por la fuerza, ni es sustituible, esto sólo puede ocurrir (y ahora viene algo importante: una transposición del discurso filosófico al teológico), porque es imagen de Dios. Por imagen divina, el hombre vale por sí mismo. La dignidad humana, en el mejor de los sentidos que podemos entenderla, nos remite a una filiación divina, pues sólo puede responder a un reflejo del amor de Dios. Como tal reflejo nos traspasa y nos trasciende. En un plano meramente horizontal, nos la debemos a nosotros mismos y a nuestros semejantes; no obstante, considerada en el plano vertical, puesto que la recibimos de Dios, tenemos la obligación de trasmitirla a los seres irracionales (es fácil ver en nuestras mascotas tal reflejo) e incluso inertes; de este modo la naturaleza toda queda dignifica por el amor divino. Así que, si el hombre es digno, Dios merece adoración porque, por su amor, es la fuente de la dignidad; la naturaleza toda, a su vez, por quedar dignificada, es deudora de respeto según la jerarquía de sus órdenes.


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Jesús Cánovas Martínez©
Filósofo y poeta